Un hombre bajo la influencia.
“Si te
amara menos, podría ser capaz de hablar más sobre ello.”
Una
escritora sagitario.
Van apenas dos días desde que Ester no está aquí
y la casa ya está hecha un desastre: en medio de la noche, pasadas las tres de
la mañana, un vecino tocó al citófono para avisarme que una de las cañerías de
la calle se había roto. Miré a través de la ventana de la alcoba y distinguí, entre
el cemento y la tierra, un chorro conciso brotar como un espigado géiser negro,
para cuando bajé al primer piso, en ese mismo instante, caí en cuenta que la
casa estaba anegada. Observé, espantado, como ese líquido mugriento y grisáceo invadía
todos nuestros muebles y enseres nuevos. El agua bordeaba fácilmente mis
tobillos, estaba todo hecho una miseria y no pude evitar una rabiosa sensación de
impotencia; la sensación, quizá la certeza, de haber sido despertado de un pacífico
sueño sólo para ser colocado a la fuerza dentro de una pesadilla. Además, acá las
casas no se anegan, o sea, no es algo que acurra normalmente, en este lugar ni siquiera
llueve, esto no es mucho más que un caserío incrustado en la mitad del desierto.
Pero, supongo, estas cosas pasan y nuestra casa está en pendiente, así que, sin
ir más lejos, al vecino de enfrente, no le importó en lo más mínimo esta urbana
irrupción fluvial, quizá hasta le pareció divertido, pero yo me inundé y lo más
mortificante era tener que limpiar todo ese desastre solo.
Probablemente con Ester elegimos esta
propiedad pensando en regalarnos (y relegarnos, claro está) una nueva vida. Una
vida juntos, pero lejos de todo. Fuera de la fiesta, pero en medio de la vida, nos
decíamos el uno al otro con una sonrisa resignada. Decidimos alejarnos de nuestros
padres, parientes y amigos de la capital y, principalmente, alejarnos de los
cuestionamientos cada vez más apremiantes. Ambos somos geólogos y decidimos montar
una pequeña contratista de exploración para la minería. Así, nos mudamos rápidamente
para acá, fue casi una fuga, porque esta labor la podíamos realizar
perfectamente desde Santiago, de hecho, eso fue lo que nos dijo todo el mundo, pero
llevaba un tiempo resultándome cada vez más dificultoso salir. Se generó una fisura
entre ellos y nosotros, cuestión que terminaría siendo más un problema para el
resto que para mí mismo o, incluso, para Ester. Supongo que progresivamente dejamos
de intentarlo y eso alteraba mucho a mis padres y a cada uno de nuestros
conocidos.
Después de constatar el aluvión, no pude seguir
durmiendo, pasé todo el resto de la noche y ese día limpiando: baldeando el
agua en el patio trasero; ventilando los sillones, mesas y sitiales; secando las
alfombras y soportando ese olor pestilente que ahora desprendía cada rincón de
la casa a causa del agua estancada filtrándose hasta los cimientos. De lo
último que me ocupé fue del antejardín, en parte para no toparme con los tipos
de la compañía del agua y porque era simplemente deprimente estar allí. La
entrada estaba hecha un vertedero, la corriente arrastró un alud de escombros y
basura que tuve que juntar y categorizar hasta entrada la noche.
Recién, cuando casi concluía mi tarea, solamente
restaba destapar la esclusa del estacionamiento, que aún exhibía una delgada
película de agua, fue cuando pasó por mi cabeza la idea de comunicarme con
Ester y relatarle todo lo ocurrido, incluso, aprovechar de descargar con
alguien la indignación contenida. Ella, de seguro, respondería con alguna frase
tranquilizadora que ayudaría a convencerme de que me ahogaba en un vaso de
agua, hasta bromearía con la metáfora del vaso de agua y la casa inundada, lo
podía recrear mentalmente; reiríamos y sería todo muy reconfortante, pero de seguro
no habría nadie para contestar en el lugar donde estaba y no valía la pena ni siquiera
intentarlo.
Una vez en el estacionamiento, me arremangué un
poco los pantalones y fui avanzando por el charco del estacionamiento hasta
llegar al sumidero. La tapa de la torca estaba hundida por la presión de la basura
y tierra desplazada. Me dio un asco tremendo meter la mano, el olor era
terrible y hasta pasó por mi mente la idea de encontrar una paloma muerta o
algún animal putrefacto. Contuve la arcada y, al final, no fue nada tan
terrible, sólo arena y una bolsa con piedras interrumpiendo el descenso del
agua. Tomé con la mano completa el objeto que obstruía el flujo y de un tirón lo
saqué, el agua de inmediato se fue desvaneciendo, como en una bañera a la que
se le arranca el tapón; finalmente, arrojé la bolsa hacia atrás de mi espalda
sin mirar.
Cuando la bolsa chocó contra el piso, generó
una fuerte y pesada vibración metálica, como si una gran llave inglesa se hubiese
golpeado contra el suelo. Volví sobre mis pasos, me agaché y limpié con las
manos la pesada bolsa, que era más bien un morral o saco, para abrirlo. Al
interior había un paquete envuelto con huincha negra, se sentía durísimo y
deforme, a la vez que acolchado en algunas zonas repletas de cinta adhesiva,
pensé inmediatamente en drogas y lo rajé para cerciorarme. Era una pistola, un revólver
realmente, y mis manos lo saltaron casi por reflejo. ¡Qué chucha!, dije es voz
alta. Tomé el arma rápido e histéricamente la hundí contra mi pecho, miré repetidas
veces a mi alrededor, intenté corroborar no hubiese ningún vecino siendo
testigo de la escena y entré a la casa.
Ahora, en el interior, mis ánimos se
apaciguaron paulatinamente. La botella de vino me ayudó bastante. Me deshice de
la bolsa y el envoltorio, puse el arma en mi escritorio y me senté a
observarla. La contemplé un buen rato, me daba un miedo terrible tocarla y que
se disparase o me explotara en la cara, había pasado quizá cuánto rato allí
atascada bajo el agua, sumergida, podía estar defectuosa o qué sé yo. Atiné
escasamente a removerle con toallanova los dejos de humedad que todavía exhibía
y noté por ambos lados del tambor que el arma se encontraba cargada con seis
bronceados cartuchos, pero el martillo se hallaba en posición abatida; lo que
me tranquilizó, de alguna manera. Busqué un paño entre las cosas de mi
escritorio, encontré uno anaranjado con olor a lustramuebles, envolví el revólver
de manera delicada, como un cazador chinchorro que lleva acabo un intuitivo y
ancestral ritual mortuorio, y mientras sorbeteaba los últimos tragos de la copa
me decidí a pasar la noche en la pieza de invitados, la del piso de abajo: así
estaría atento ante la próxima inundación y, ciertamente, ya no valía la pena
seguir ocupando la habitación principal, era demasiado trabajo.
Una vez apeado en la habitación de huéspedes,
coloqué la pistola sobre la cómoda. Desde la cama la podía ver con solo mover
la cabeza hacía la izquierda, yacía perfectamente arropada dentro del trapo. Esa
noche me costó conciliar el sueño, mientras miraba absorto el cielorraso comenzaron
los cuestionamientos: me pregunté a quién podría pertenecer el arma, quién, en
ese barrio de amistosos y pacíficos jubilados, sería el propietario de esa
pistola. Aunque, ¿Por qué tendría que ser uno de ellos? Parecía sacada de una
película de gángsters, era la clase de pistola que los capos de la mafia les
dan a sus sicarios para matar al tipo que no paga. Cualquiera sea el caso, fuese
de quién fuese, indubitablemente, no era el arma de un coleccionista ni de
alguien que la adquiría para protegerse a sí mismo o a su familia o a nadie. No
tenía ningún sentido ¿Por qué estaba así tan envuelta y sellada? Parecía un
arma que existe solamente para realizar una tarea específica, quizá ya
concretada, y luego ser desechada, botada a la basura, abandona para siempre.
Lo más terrible, lo que más me pesaba, medité, finalmente, era el hecho de que
alguien pudiese haber presenciado mi hallazgo. No se veía nada bien esa escena del
tipo raro, el vecino nuevo, el que nunca sale ni saluda a nadie, corriendo con
un arma entre las manos para parapetarse en su vivienda. De seguro iban a
llamar a la policía, me denunciarían. No quería enfrentarme con un detective, menos
a un oficial, escasamente atendía la puerta, ni siquiera recibía la
correspondencia cuando pasaba el cartero, ¡Por Dios!, ni siquiera pude ir a
buscar el auto a la calle perpendicular cuando Ester, semanas atrás, se agripó
y se sentió tan mal, por suerte, al rato, le bajo la fiebre, porque dudo haber sido
capaz de llamar a una ambulancia o abrirle la puerta al personal médico. Recé, recé
con fuerza para que ningún vecino me hubiese visto, al menos, hasta que el vino
y el agotamiento terminaron desarmando mis rezos.
Al siguiente día, los tipos de la compañía
comenzaron a primera hora sus faenas. Me despertó el ruido, aunque, verdaderamente,
no daba la impresión de que hicieran tanto. Me puse en pie, apreté mis ojos
contra sus cuencas y me acerqué despacio a la ventana de la pieza que da al
antejardín, muy lentamente introduje los dedos, índice y medio, entre las polvorosas
láminas de la persiana. Vi un círculo de cascos amarillos y blancos observar a
un par de chicos en overol cavar un hoyo en la mitad de la calle, en el preciso
lugar donde había nacido el manantial que terminó por inundarme. Al rato
tocaron al timbre. No contesté. Dejaron un papel entre los fierros de la reja
que jamás alcancé ni me interesó leer en primer término; para mí, el daño
estaba hecho, el río Alfeo pasó y limpió los establos, qué más daba ahora. Me
senté sobre la cama con la espalda muy tiesa y miré directamente el paño chillón
sobre el mueble. Luego, parado frente a él, nació en mí un terrible deseo de
profanar el cuerpo metálico guardado en su interior. La dejé el desnudo,
contactándose libremente con el aire, el cañón y las zonas metálicas del
aparato relucían como sólo el cromo puede relucir, brillaban igual que los ojos
de Ester, ese oscuro resplandor que exhalan sus bellos ojos cafés sobre el
delicado lienzo blanco de su rostro; Ester es preciosa, pensé, preciosa como un
arma, como un cuchillo recién afilado. Caminé a la cocina para prepararme un
café y aproveché de desconectar la línea del citófono.
Creo, hasta ese día, iba todo bien: los
obreros trabajaban, se movían y conversaban libremente, merendaban y tomaban
Coca-Cola, incluso bromeaban y reían. Todo esto a no más de diez metros de mi
ventana y, la verdad, no me importaba en lo más mínimo, por el contrario,
estaba fascinado. Los observaba continuamente desde la habitación. Volvieron a
tocar el timbre muchas veces, hasta que aceptaron que nadie nunca les iba a
abrir. Optaron por transmitir a grito pelado la información que consideraban pertinente
noticiar. Imagino que eso les evitaba ir puerta por puerta también.
—¡Vamos a cortar el agua! — gritaba uno, desde
el interior de la zanja y con el agua hasta las rodillas.
—¡Reconectamos! Ya pueden lavar la loza,
vecinos — al rato afirmaba otro más joven, carcajeando infantilmente, mientras
conectaba una bomba y otro le hacía señas a un camión en retroceso.
Esa rutina se repitió un par de veces, quizás tres
veces más, a lo mejor cinco, no sé, pero un día no volvió a interrumpirse más el
suministro, pero la excavación siguió, se hizo más profunda y, posiblemente, de
ahí en adelante, no se detuvo o, siendo sincero: yo no la vi detenerse.
Fue un desplazamiento de tierra ridículo, para
el tercer día de trabajos la ruma que se formó era tan grande que hacía
prácticamente imposible a los vecinos sacar sus vehículos e impedía hasta el
más mínimo y civil tránsito. Naturalmente, a mí no me importó, pero me parecía
extrañísimo lo que estaba ocurriendo afuera, lucía como si hubiesen encontrado
un cadáver o una fosa entera o hasta los huesos de un dinosaurio. Me sacaba una
sonrisa tener que contarle a Ester, relatarle que habían encontrado una gruta
precolombina o, mejor aún, que habían pillado la salida de la Cueva de los
Tayos justo en frente de nuestra casa. Alejandro, va ser todavía más lío meter
el auto en el estacionamiento, me respondería ella. Así me pasaba el día, las
tardes, mirando la empresa arqueológica que se vivía a metros del antejardín y
contemplando hipnotizado la pistola que nunca osé tocar de nuevo; me transformé
en una especie de armado y silencioso capataz del lejano oeste, asechando entre
las sombras a mis peones, combustionando los días de la canícula con alcohol e intentando
reconstruir en mi mente las pláticas del exterior.
La duna roja o café que se iba acumulando
entre todo ese asfalto roto terminó por alcanzar casi la altura de una casa,
era imponente, llegó a tapar todo el primer piso, pero más interesante era el agujero
en el suelo que implicaba la presencia de ese cúmulo de tierra, además, de la
exponencial cantidad de personal y maquinaria que se acumulaba alrededor del
pozo. Desde el segundo piso, podía distinguir la tubería desnuda y el sustrato
horadado que ante mí se exhibían como una terrible herida expuesta. Me
preguntaba cuán hondo podría ser ese hoyo que, a esta altura, habiendo pasado
los días, perfectamente podría estar en la mitad de la calle o en medio de mi
cabeza.
Algunos trabajadores comenzaron a descender en
la excavación y la fosa terminó por anegarse; obreros como hojuelas en una taza
de cereal. Entonces, todo me recordó a esa escena del principio de esta
película de Cassavetes donde aparece Columbo con unos tipos librando una batalla
contra el agua, intentando mitigar el rebalse de unas cañerías. Salen con
impermeables amarillos y botas de goma, y Columbo, el actor, el personaje, llama
a su esposa, le dice que va llegar tarde, que lo siente mucho pero que la ama y
se lo compensará. Aunque, más que obreros, más que personas o individuos, yo
veía a la humanidad entera tratando de combatir una fuerza aparentemente
externa, veía a la frágil raza humana enfrentada a un furibundo caballo
cimarrón, o alguna clase de subterráneo dios primigenio, pero, a lo mejor, me
lo estoy pensando demasiado, porque son simplemente hombres intentando reparar
una matriz de suministro y, por otra parte, no son mucho más que personajes de
una película batallando contra la locura.
Por las noches las faenas se paralizaban, por
mi lado, cuando me percataba que atardecía, me alistaba con una botella de vino
para contemplar el pozo que esos trabajadores habían construido. Escojo muy
meditadamente la palabra “construir”, porque todos esos pobres tipos bañados en
su propio sudor, cansados como caballos de una diligencia, fueron capaces de
transfigurar la materia desde su estado primitivo: donde antes estaba un plano,
ahora hay un hueco. Eso genera, de alguna particular manera, un contra sentido
al momento definir tal esfuerzo como una “construcción”, porque en nuestras mentes habita intuitivamente la idea de fabricar y elaborar cosas para elevarlas, ya
saben, cosas que buscan erigirse a toda costa: edificios, torres, pilares,
estatuas, etc. Ester, acertadamente, dice que esa idea colectiva es una
perversa y fálica apreciación del trabajo humano, otra charada liberal. Las
catacumbas son construcciones, el pozo de Kola es una construcción, en definitiva,
cualquier perforación lo es y bien lo sabemos los dos; nos dedicamos
a eso mal que mal. Lo más probable es que occidente haya perdido su ónfalo y daba
mucha pena constatarlo, porque ni a esos cansados obreros les importaba su
empresa. De todas formas, lo que me intrigaba no era el diámetro o la
profundidad de la cuchillada que le habían asestado a la tierra esos trabajadores
y obreros, sino la oscuridad que escondía. Soñaba poder salir y ver directamente
la penumbra, esa oscuridad del porte de la noche, incluso, soñaba con sentarme
y balancear las piernas en ese vacío tan reciente, acomodar mi cuerpo de tal
manera en esas fauces que pareciera una provocación, casi deseando que algo me
llevara para castigar, de una vez, todas mis tropelías, cada una de mis
debilidades. Lo anhelaba con fuerza, pero sabía muy bien que era algo
para lo que estaba absolutamente impedido.
Eventualmente lo cerraron, un día desperté y
la tierra estaba de regreso allí, donde se espera que esté siempre: por debajo
de nosotros. Lloré la tarde completa, no entendí muy bien lo que me pasaba.
Salí al antejardín y todavía podía sentir el abismo, su atracción o magnetismo,
era como cuando entras al mar y sientes ahí mismo la corriente reclamándote, desde
tus pies tirando de ti. No lo pavimentaron y quizás sea mejor así, pensé. Yo aún
distinguía el pique: vivo, palpitante, la cicatriz que se esconde tras un
tatuaje o como un tatuaje cubriendo otro, a su vez. Podía verlo claramente.
Busqué las llaves, destrabé la chapa y comencé a sudar frío. Se me ocurrió aprovechar
el impulso para botar en el tacho la basura acumulada de días. Tomé una bolsa amplia
y la llevé arrastrando por todos los rincones. Avancé por toda la casa hasta llegar
al patio delantero. Oscurecía, nuevamente, así que metí rápido esa porquería dentro
del basurero. Eran en su mayoría botellas y créanme que se escuchó así; una
crujidera terrible. Me di la vuelta, miré en dirección a la herida del suelo. De
cuatro zancadas llegaba, calculé. Sudaba frío, más que frío, era una
transpiración gélida. Inhalé lento y de repente me percaté de un vecino, el
tipo intentaba vocalizar algo, se acercaba de manera inminente, era un punto
que poco a poco se va definiendo, tomando forma. En ese instante mi corazón
empezó a latir desde el interior de mi garganta y tuve la desesperada certeza
de que pasaría un buen rato antes de que volviera a su posición original. No pude
distinguir lo que dijo el hombre, no me importó demasiado y mecánicamente volví
a la casa a vomitar.
A estas alturas, en las gavetas iba quedando
sólo fernet. Le coloqué un montón de hielo al vaso y me recosté en la cama del
primer piso. Posé el vaso sobre mi frente. El brillo de la pistola comenzó a
ser molesto, me dolía un montón la cabeza y el revolver parecía observarme; me incorporé
débilmente, cubrí el arma apenas y volví a la cama. Había apagado la lampara, cerraba
los ojos con fuerza, intenté en serio ahogarme en la penumbra. Pero tener
abiertos o cerrados los ojos daba igual, ahora estaba en el vientre de mi madre
o en las fauces de un animal, en punto muerto. Y aunque tuve muchas ganas de
salir a ver el abismo, o sea, el hito que marcaba su pretérita existencia, me
daba mucho miedo, era preferible hundirme en esa porción de sombra, en esa
oscuridad accesible. Porque me aterrorizaba esa otra oscuridad, la que se
enmudece con el ruido de los automóviles y la gente, pero que sigue allí, persiste;
esa oscuridad que suponen las heridas del pasado y todas las que vendrán; la
oscuridad de mis errores y vergüenzas, pero también mis temores subterráneos, una
sombra que termina permeando completamente en mi cerebro; esa oscuridad que no
necesita de luz que le haga sobra, esa oscuridad que me hacía pensar las peores fatalidades y;
la verdad, es que no sé cuánto de mí sobreviviría en su interior…seguramente,
nada.
A ciegas salí y la reja seguía abierta. Di unas
zancadas, luego un par de pasos para descontar terreno y llegué a la pequeña
huella de arena que testimoniaba lo que antes era un cráter. Me toqué el pecho,
era imposible seguir mi propio pulso, era demasiado irregular o, quizás, no me
encontraba en condiciones de constatar nada. Estaba en la mitad de la calle
viendo un pequeño montículo de arena apenas distinguible, hasta que desde la
nuca me brotó una cálida sensación, una especie de luz cenital que iluminaba un
escaso retazo de piso. Alguno de los focos de movimiento de las casas debió
activarse, pensé. Entonces, miré directamente al cielo, pero no vi nada. No había
luces, desde luego, tampoco había luna ni se observaban las estrellas: parecía
ser una luz sin foco. El cielo resplandecía sobre una extraña oscuridad que me
penetraba hasta la planta de los pies, eran sombras de terciopelo opacándose entre
sí, era tan profunda la oscuridad como lo podría ser la cara de un gorila,
pero, de un momento a otro, detrás de las cortinas: la bestia pestañeó.
Cuando desperté, al alba, daban vuelta en mis
oídos una serie de sonidos oclusivos y alveolares. Ya de pie, los ruidos adquirieron
sentido y en ese momento lo supe; todo era muchísimo más claro ahora en mi cráneo
palpitante. Me acerqué y sostuve el arma de la cómoda por su empuñadura, subí corriendo
las escaleras y entré en nuestra habitación. Ella seguía tendida en la cama, a
su lado pude distinguir una figura que escondía la cabeza entre su pecho, como
el guardamano de una escopeta a punto de ser disparada; entonces, apunté el revólver.
Iquique, diciembre de 1979.