Nunca he escrito un poema que me llene ciento porciento. Llevo
años escribiendo, poemas y prosa, y nunca doy con la vibración definitiva, la
imagen perfecta o la evocación sinestésica total. Aunque ahora que hago
memoria, una vez sí, una noche tibia cuando vivía cerca de Albano escribí el
poema perfecto, cuando lo terminé me sentí lleno como nunca, recuerdo incluso
que fui a comprar una cerveza para celebrar mi creación, para felicitarme a mí
mismo, y me la tomé solo. El poema hablaba de una bandada de gaviotas, también
hablaba acerca de la muerte, pero como todo gran poema totalizador hablaba
esencialmente del amor y la cotidianidad. De cualquier forma, ese bello poema
lo escribí en una computadora que al poco tiempo me robaron por un descuido
estúpido, así que perdí el poema para siempre. En el computador estaba el respaldo
de una revista de literatura que estábamos editando con unos amigos, había
igual otro montón de poemas y textos, además del grueso de mis apuntes de
Derecho, pero en verdad nada me dolió tanto como ese poema en particular. Esto me
trae a la mente cuando en París era una
fiesta la esposa de Hemingway le pierde la maleta con sus borradores y el
escritor cuenta que estaba súper triste y deprimido, pero que empezó rehacer lo
que había escrito hasta donde le alcanzaba la memoria y el corazón. Yo lo
intenté igual, lo he hecho varias veces, pero nunca con los resultados
deseados. Algunos pensaran que la lección de todo esto es que no existe el
poema perfecto, que quizá estoy idealizando, o que la poesía en una ciencia en
construcción infinita y que mi falta de humildad fue castigada, pero no, nada
más alejado de eso, la única reflexión posible es que todo lo bello y perfecto,
todo lo hermoso y sublime van a tratar de arrebatártelo, tu amor, tus
recuerdos, tu poema sobre las gaviotas y la muerte, absolutamente todo, porque
todo aquel que no es capaz de generar belleza está a la caza de la que crea el
resto. Muerte a los carroñeros del arte, muerte a los perros de presa de la
sensibilidad y la belleza.
martes, 22 de agosto de 2017
lunes, 14 de agosto de 2017
Preferiría no hacerlo.
Estoy mirando fijo una hoja en blanco, aunque realmente no
sea una hoja, es la pantalla de mi computadora y tengo abierto Word, pero estoy
mirando fijo el fondo albo que me proporciona el programa, juego a escribir
algunas líneas, escribo y borro, borro y escribo, me la llevo haciendo eso un
buen rato sin redactar en verdad nada. Por suerte a la mitad de mi performance
de Sísifo llega Rigoberto con droga, tomamos té y fumamos y se me pasa el día
en eso, pero eventualmente Rigoberto se va y quedo de nuevo con la pantalla iluminándome
la cara y vuelvo a pisar sobre mis huellas, continúo sin avanzar un línea y mis
tecleos se vuelven más erráticos debido al consumo previo de drogas. No se me
ocurre nada, me digo a mí mismo, de qué chucha voy a escribir. Así que por un
segundo se cruza cual relámpago la idea de que tengo que conseguir trabajo
de nuevo, el ocio me está matando, hay días que veo hasta cuatro películas, no
llevo ni un mes de vuelta en Concepción y el exceso de tiempo me tiene ahogado,
pero luego, al igual que en la naturaleza, llega el trueno, el sonido de mi
propia voz diciéndome que debo trabajar me abre los ojos. Qué mierda estoy
pensando, qué clase de basura flota en mi mente que crea la necesidad
artificial de tener que trabajar, antes de irme a Iquique por un mes renuncié a
la pega que tenía acá, me acuerdo que cuando estaba en el umbral me dije a mí mismo algo así como que jamás iba a volver a pisar ese basurero lleno de
ingenieros sobreactuados y compañeros de labor insufribles, me hubiera
encantado envenenar a toda esa manga de patanes, pero me contuve, no lo hice,
sencillamente me fui. En fin, me llama la atención ese mito generalizado que se
tiene, está de alguna manera inserto en el sentido común de todos, de que el
ocio genera aburrimiento, que sin tareas la gente se vuelve loca, obvio que
debe estar ligado al pragmático culto al trabajo y más todavía al rechazo al
ocio que el capital ha sembrado en todos sus siervos, pero lo que más me
espanta es el poco horror que genera esto, imagínense que es tan evidente lo
poco dignificante de la dedicación empecinada al trabajo que un trabajador
después de trabajar como perro durante años no recibe una pensión decente al momento
de retirase, a ese nivel está vedado el ocio en nuestras vidas, lo extirparon
de cuajo, la único opción posible al trabajo es la muerte. Los griegos eran
súper alérgicos al trabajo, de hecho era hasta mal mirado dedicarse mucho a los
negocios, Platón en la República sanciona con pena de cárcel la actividad
comercial, que la iglesia católica igualmente condenó hasta entrada la edad
media. Como dijo Álvaro Campos por ahí, las bases de la cultura en el psicoanálisis
son el eros y ananké, el amor y la necesidad, el trabajo es una cuestión que
existe sólo en proporción a la necesidad humana que lo requiera y por lo mismo
es tan repudiable trabaja demás. Creo ser un hombre más afín con las
actividades metafísicas, en todas las dimensiones y connotaciones de la
palabra, así que a veces soy reticente hasta para escribir, sólo anoto cosas
sueltas y leo o veo muchas películas o sencillamente no hago nada, pongo música
y miro un buen rato el techo, si hay buen tiempo quizá salgo a caminar, pero
esencialmente no hago mucho y les juro que no me aburro, algunos momentos creo
estar aburrido, pero lavo la loza u ordeno mis libros y se me pasa. Me siento
muy ese Henry Miller que describe Anais Nin en sus diarios, un tipo muy
ordenado, muy limpio, muy dedicado a las labores más improductivas y
despreciadas por la sociedad, eso a su vez me trae a la cabeza Bartleby, me siento muy él y prefiero no
hacer nada, boicotear el sistema desde mi pieza, lo que a su vez me recuerda ese
cuento de Kafka, Un artista del hambre,
del tipo que su show en el circo era no comer, no hacer nada, congrego con
todas esas figuras, estoy tratando de buscar la trascendentalidad de Emerson,
me siento una especie de Boecio moderno o posmoderno, busco la verdad de Milton
en la inactividad, de hecho llamo a todos sin sorna alguna a detenerse, a
quedarse en sus casas y regodearse en la absoluta libertad a que nos somete el
tiempo.
Una contribución a la crítica del planeta de los simios.
1.- Respecto a las películas antiguas que van del 68 al 73, siendo bondadoso creo
que pueden rescatarse las dos primeras. Personalmente me gusta más la segunda
que la primera, supongo que por lo de la gente mutante/radioactiva, el cumísima
efecto de las máscaras/caras de los humanos, el culto a la ojiva nuclear y el
absurdo general del argumento, se nota la precaria cohesión de todo, pero por
alguna desconocida razón toca la tecla. Las restantes tres van haciéndose más y
más infumables progresivamente, la última es casi como morir en vida verla. Quería mencionar que siempre encontré que la primera película tiene
espacios en que argumentalmente se asemeja mucho a un corto de Disney del perro
Pluto, se llama Pluto's judgement day el
cortometraje en cuestión y trata de que el perro después de matonear gatos se
queda dormido y tiene una pesadilla en que es juzgado por gatos, como un
apocalipsis en que los gatos son los santos y los santores, me acuerdo que en
el Planeta de los simios, la primera, a Taylor lo someten a un juicio donde no lo dejan hablar y varias veces repite lo de estar en un sueño,
durante todo el proceso lanza bravatas y aduce estar soñando, niega la realidad
a la que se le somete, eso es muy Segismundo. Probablemente el tópico sea "a tus enemigos les tocará juzgarte" y muy probablemente sea más antiguo incluso que la animación, ahora que lo pienso Fuenteovejuna y La vida es sueño
tienen harto de eso, en verdad la temática debe estar abordándose desde tiempo inmemoriales, suena deuteronómico de hecho, pero la cuestión es que hogaño es totalmente vigente.
2.- En lo personal, la
nueva saga me gusta más, además se pone mejor sucesivamente. Hay varias
cosas que me gustan, una es la escena cuando Cesar luego del
alzamiento de Koba (en Dawn of the planet of the apes) vuelve a su antigua casa, donde vivía con James Franco, y
toma una videograbadora y ve imágenes de él con su antiguo amo o padre o la denominación que sea más adecuada, luego aparece su hijo y le pregunta dónde es eso o cuándo, no recuerdo bien la formulación exacta, pero le responde que era su hogar. Ahora, por qué me gusta, quizá porque me agrada la idea de que la infancia sea a final de cuentas nuestro hogar verdadero, nuestra única patria real es la infancia. De la última me gustó un poco todo, lo de Cesar/Moisés, lo de la niña Nova con Maurice y el mono con chaqueta que me recordó a Carlitos Zambrano.
3.- Como
es de público conocimiento yo soy bolchevique, recalcitrantemente bolchevique,
tan militante y comprometido con la poesía soviética que mi libro favorito del
ramo es el ¿Qué hacer? de Lenin. Ahora,
qué tiene que ver esta afirmación con el Planeta
de los simios. Pues bien, lo que pasa es que si observamos el conflicto que
se desarrolla en la segunda película (Dawn of the planet of the apes) volveremos
a una pregunta que se ha planteado durante largo tiempo por los sectores
revolucionarios -y reaccionarios también, por qué no incluirlos-: ¿es posible
la coexistencia simio-hombre? ¿Es acaso un estado elegible y deseable en
nuestro camino a la emancipación? Y aquí mi respuesta es ¡no!, el mismo “no” fundante.
No es posible bajo ninguna circunstancia la coexistencia pacífica entre bloques
tan antagónicos y cualquier visión que pretenda revindicar dicha política no es
más que revisionismo barato, respaldado por una intelectualidad timorata y una debilidad
de convicción profunda. Algunos en su momento pregonaron por la
desestalinización, yo por el contrario llamo a la lucha, al conflicto y a la más
radical kobatización del estado.
4.- Igualmente,
es de manejo público que a mí no me gustan los primates. Ninguno en ninguna
forma, todos me parecen insufribles y estúpidos, todos sin ninguna excepción, eso
incluye simios, mandriles, orangutanes, monos, camonos, gorilas, chimpancés y bonobos.
Todos son criaturas sucias e insulsas para mí. Los simios me generan una sensación
terrible, un asco profundo, como esa sensación que da cuando uno ve esas love
dolls japonesas o las muñecas de Hans Bellmer, ya saben, lo del valle inquietante
y todo eso. Su natural y evidente similitud a los humanos me parece atroz, además
que los monos han servido para la proliferación de ideas terribles, como por
ejemplo eso de que somos parientes de ellos, primos o qué sé yo, y que estamos
vinculados indisolublemente a su naturaleza y a la naturaleza misma inclusive.
Horroroso, en la historia del hombre la naturaleza siempre ha sido una enemiga, por suerte pudimos salir de la ciénaga de la idiotez y la crueldad de la intemperie, si hay que ver a los monos de alguna forma es como un sello, como
el registro indeleble de que nunca jamás hay que volver, ojalá en el
futuro vivir como los Supersónicos, lo más lejano posible de las inclemencias e inmisericordias del clima o el medioambiente, ojalá vivir en el espacio y que la tierra sea un yermo, un paisaje anecúmene, volver a lo de terra australis incognita.
5.- Siempre me ha llamado la atención la norma fundamental e inviolable de los simios, lo de simio no mata a simio. Cuando veo las películas, nuevas o viejas, siempre me salta en la cara la máxima y me produce extrañeza. Lo que intento decir es que cuando la escucho me suena como algo súper ajeno, pero en verdad los humanos tenemos la misma regla, es el quinto mandamiento. Bataille dice que lo de no matar es una norma propia de la primera civilidad humana y que está asociada al rechazo del hombre a la sangre, por eso el rechazo a la menstruación también, siempre le he encontrado sentido a eso, las palabras del escritor digo, su explicación me trae a la cabeza esa frase que le dice Dios a Caín cuando mata a su hermano, no tengo una biblia a mano pero dice algo así: ¿qué haz hecho? siento la sangre de Abel clamándome desde suelo. En fin, hablaba de lo de ape no kill ape y cuando uno lo escucha pronunciar suena lejano, como algo que nos faltara a los humanos convenir e interiorizar, pero ya existe, entonces me acuerdo igual de esa escena cuando los gorilas van a la zona prohibida, donde están los humanos, y proyectan esas imágenes de monos crucificados y en llamas, sufriendo caleta, y el orangután les dice a los soldados que les disparen, que terminen con su dolor y el general lo detiene y dice que no, que un simios jamás va a matar a otro simio. Eso da para preguntarse lo absoluto del valor de la vida o sobre la preservación de la especia, pero a mí todo me parece tibio, todo me deja inconforme, los humanos nos autoimpusimos la regla de no matarnos, pero nos infringimos daño y nos torturamos hasta perder el sentido, siempre cuidadosos de no sobrepasar el borde ¿por qué le tenemos tanto miedo a apretar el gatillo?
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