En algunos años, cuando ya te haya olvidado y vengan, por la fuerza de la costumbre, otras historias como esta, te recordaré como el olvido del amor mismo. Pensaré esta historia como el horror del olvido.
M. D.
Está nublado y eso es raro. Hoy hay luna llena, cosa que si
uno lo piensa también es rara, porque la luna llena-llena sólo dura un momento
para después naturalmente menguar. Como sea, cosas raras pasan en Iquique, pero
nada puede opacar a la luna, ni la delgada película de nubes que funciona como
la pantalla de una lámpara ni menos la luz y el oropel de la ciudad. La gente
ha adquirido un temor destemplado a los días nublados, se esconden y llenan
sacos con arena, hace poco llovió fuerte y se inundó todo, así que la gente
está traumatizada, pero yo he estado en demasiados días lluviosos como para
tenerle miedo a la lluvia, en mi corazón llueve constantemente, mi alma es algo
así como Valdivia en el mes de julio. El día que llovió no pasó casi nada en mi
casa ni en la de ningún conocido, pero se abrieron zanjas muy profundas en la
tierra y en las mentes de las personas, ahora es imposible erradicar la
percepción de que la lluvia, el agua del cielo, es un castigo, lo que
naturalmente genera cierto silencio tenso en los habitantes, porque parece que
algo le hicimos a Dios. Yo soy musulmán, así que no creo que Allah nos odie ni
nada, porque solamente los humanos odian a otros humanos y los lugares donde
colapsa la tierra nos entregan la oportunidad para contemplar directamente el
abismo y no es que intente transmitir una visión optimista, para nada, es que
le he dado un par de vueltas al asunto, porque estoy muy inclinado a pensar de
que no hay ninguna esperanza.
El día siguiente de la lluvia fui a la casa de mi amigo Moe,
le comenté que en el trayecto a su casa me vino un fuerte recuerdo de
Concepción, probablemente por el olor aún presente de tierra humedecida por la
lluvia, eso pensaba yo, pero no era así, porque los libros fueron los que me produjeron
la evocación, como siempre. Mi amigo me comentó que el Mall había quedado
anegado, cuestión que sabía, así que lo único que agregué fue que guardaba
cierta miserable esperanza de que la librería se hubiese inundado, así estarían
obligados a hacer un remate o vender a muy bajo precio los saldos, se me pasó
esa idea mientras caminaba por Playa Brava, le conté que una vez se había
quemado el Mall de Talcahuano, que los libros se habían medio mojado por los
rociadores y medio quemado por las llamas y que habían hecho un remate en su
momento, le hablé de que fui contigo, le hablé de ti, no sé cuánto tiempo,
poco, mucho, no estoy seguro. No podría asegurar en qué momento me vi a mí
mismo hablando de ti, estaba tan encantado describiendo tus dientes y las cosas
que te gustaban, me vino a la mente la imagen de ese Enzo de diez años que
cuando le preguntaba cuál era su dinosaurio favorito se ponía a hablar un montón,
porque los brontosaurios y los triceratops eran una válvula que abría un río de
amor y felicidad para ese niño solitario y tímido; ahora era lo mismo.
¿Dios alguna vez nos perdonará? ¿Algún día Dios me expiará del
pecado de haber transformado nuestros corazones en dos cazadores solitarios? Probablemente
no.
A veces cierro los ojos
y siento que veo lo que estás viendo tú en ese instante, como si cuando yo
cerrara los ojos tú los abrieras, como si sólo tuviera ojos para mirarte a ti,
perdón, como si mi visión existiese únicamente para encontrarte, me agrada en algún
nivel esa idea, una visión compartida, cruzada, parpadeante. Probablemente
piensen que es un tontería o, peor aun, una idea cursi, pero no lo es, tiene
más que ver con lo que me hace sentir ese dialogo triste sobre el olvido en Hiroshima mon amour, esas palabras tan duras y angustiantes que escribió
Marguerite Duras en su época, pero también tiene que ver con esos pasajes tan
hermosos y pacíficos que uno puede leer en La
tarde de M. Andesmas o simplemente todo se explique por el hecho de que he escuchado
mucho Kate Bush.