E le comenta a F que no logra entender la envidia, que le
parece un sentimiento muy lejano, ya casi incomprensible, que sería necesario
remontarse hasta algún punto de su infancia, lo que lo lleva a concluir que la
envidia es un sentimiento infantil. Pero F, que no pierde oportunidad de discutir,
lo contradice, realmente no lo contradice, sólo le dice a E que muy seguramente
tiene esa percepción debido a que lo ha tenido todo en la vida: todo fácil, todo
listo. E, en íntima consternación, le contesta bruscamente a F que no lo conoce
tanto, que aunque sostengan una relación, aunque tengan sexo o hagan las
compras juntos en el supermercado en realidad no lo conoce. La verdad es que
ambos espetan afirmaciones con mucha liviandad, así que probablemente la
envidia no sea un sentimiento infantil, sino que básico, instintivo, reptil.
Por otro parte, F desconoce que E cuando niño no era todo lo económicamente
acomodado que es actualmente, pero F tiene un punto y sabe que eso a E le
afecta, no tanto, porque nada parece afectarle mucho a E, pero le duele, lo
puede notar debido a que ha pasado mucho tiempo junto a E, ya puede percibir
ese leve cambio de frecuencia en sus palabras, algo parecido al efímero titileo
de un tubo fluorescente antes de prenderse por completo. Entonces, F se pone a
hablar de otras cosas y E lo deja pasar, lo deja pasar al igual que un montón
de cosas: la loza sucia o lo desordenado del closet de F. Sencillamente no
quiera saber más del asunto y tampoco cree que F tenga malas intenciones, y eso
ciertamente no lo cree sino que lo sabe. En la noche comen algo, tiene relaciones
sexuales, toman vino, qué da, lo que hacen todas esas sosas parejas que pueblan
este mundo, aunque ahora los muros parecen más fríos y duros, el lugar se torna
más pequeños de alguna manera, todas las paredes de la casa van sumando volumen
con el eco de una sola idea: “F verdaderamente no conoce a E”. Por ejemplo, no
sabe que en ese mismo segundo E está pensando en J, porque E piensa mucho en J,
la piensa siempre, seguramente porque J sí que conoce a E, más de lo que ellos
mismo y los demás querrían. Quizá sea por eso que E ama a J, aunque estén separados
por un vidrio, ya que J puede ser E y E puede ser J, pero jamás podrán ser F ni
V ni ninguna otra letra y eso es terriblemente lamentable y patético, pero
también es muy romántico, porque de alguna manera se transformaron en su
propio alfabeto, en un alifato de dos letras.