Nunca hablamos de las cosas.
Perdón,
yo nunca hablo de las cosas
sólo de sus bordes
de los contornos
pero jamás de las cosas mismas.
Por ejemplo,
constantemente,
de manera recurrente,
a mi mente viene un suéter,
quizá sin mangas,
roído, desgastado
y odiado por tu madre.
A lo mejor ahora está en un basurero
pudriéndose,
pero yo lo recuerdo.
Veo y toco su sintética textura,
no me cuesta nada,
sólo tengo que cerrar los ojos
pero los abro enseguida
sino
corro el peligro de quedar atrapado
como el gato que tenía ese suéter
adherido crónicamente a la lana y el nylon
y finalmente,
sufriría la misma suerte que el suéter,
posiblemente en un vertedero
o al final de tu apuñado closet.
Escucho maullar al gato
veo al sonido invadir el silencio
y como todo sonido que emite un animal
es tan solo el reflejo de su propio sufrimiento.