viernes, 28 de agosto de 2020

"Había escrito otra cosa aquí. Estaba enojado esa vez porque leí algo que terminé odiando y me carga cuando me pasa eso, me pongo tan recursivo, como cuando me enojé con el Pancho por lo de Saer. Fue por un texto sobre por qué leer, eso fue lo que me enojó tanto. Ya no estoy enojado, daba lo mismo al final, además, concluí al menos un par de cosas. Por un lado, siento que no me gusta esa gente que se define a través de la lectura, aunque entiendo que es un aliciente muy necesario, pero es una posición muy cómoda para mi gusto, yo soy mucho más escéptico al respecto, al menos me gusta creer eso, probablemente sea igual de naif que todos estos sujetos atrincherados en los fondos del fomento a la lectura. También pensé en la ternura, en lo desprovisto de ternura que estaba esa posición que me enojaba tanto, porque la inocencia voluntaria no es ternura, la ternura se ubica en el momento inmediatamente anterior al amor y, desde luego, que se pueden denominar con mismos o distintos nombres a distintas o mismas cosas, pero yo estoy hablando de algo muy puntual; yo hablo de amor. Mientras hacía la monografía de literatura, por ejemplo, pensaba en el sentimiento que me evocaba el descubrimiento de la relación entre Samuel Antonio y Baldomero, había allí una belleza fraternal que me terminó derritiendo, de la misma forma que lo hacen los versos de La Manca, quizá por el despojo que avizora esa ronda de Gabriela Mistral. Pensaba, fundamentalmente, en la ternura como un hito que marcaba nuestra desgracia, ese pasillo justo antes del amor. Ahora claro, la ternura debe engendrar deseo, pero esto tampoco es una trayectoria lineal, no estoy hablando de cohetes o cuerpos celestes, o tal vez sí, después de todo. Hace años, le dije a la Toña que yo pensaba que el amor funcionaba como la gravedad, pero al igual que todas las explicaciones, esa visión fue perdiendo sentido para mí con el tiempo. Ahora lo pienso así: en el mundo hay dos personas que se sienten menos solas, porque cuentan con un recuerdo certero del hecho de que por algunos escasos segundos: dos fue uno; y que todo, de repente, adquirió sentido a partir de eso, pero notan que ahora solo hay ausencia, una nueva y particular ausencia, entonces, los amantes finalmente descubren, que esa nueva ausencia es la prueba fehaciente de su amor, que no es más que un deseo irrefrenable, terrorífico y hermoso a la vez. Visto así, es un melodrama. Visto así, no somos mucho más que dos amantes crucificados."

111 (deseo)

Tomo la tetera para llenarla con agua

coloco las tazas y dejo todo en orden

de soslayo te veo subrayar unos papeles

parece todo muy estrecho

pero quizás sea mi mente

quizá estemos en el interior de un átomo

o envueltos en un manto

entonces vuelvo y sirvo las tazas

coloco la infusión de boldo junto a ti

y escucho el acero de la cucharilla tintinear dentro del jarro 

observo por un último momento tus ojos a través de tus gafas  

porque estoy en un recuerdo que inventé

y ya no es tan seguro si te serví una bolsita de boldo

o si te hice un agua con orégano

solo siento la aspereza de la mezclilla de tu chaqueta

en esa noche que nos dimos un abrazo por última vez


sábado, 15 de agosto de 2020

200 (señales de humo)

entro y salgo de la ducha

me miro en el espejo

primero seco luego brumoso,

contrario a los consejos de mishima

 

me ejercito por las noches,

elaboré una rutina compleja y calculada,

una máscara que posee varias facciones;

frente al espejo me observo unos momentos:

 

el perfil de mis pectorales desnudos,

los valles que socaba la hipertrofia

el desarrollo involuntario del radial;

observar me hace fugazmente feliz

 

la manera en que mi abdomen,

imitando el interior de un guante,

forma un lugar perfecto para posar una mano,

como estrías de una palanca de cambios

 

la de esa camioneta toyota blanca

que mi padre vendió y me dolió tanto,

porque sentí que se iba algo de mí;

cuando fui a dejar ese automóvil a su comprador

 

miré mi derecha vacía y

a la izquierda las playas repletas de aves,

absurdamente llenas

de aves que volaban en bandadas;

 

estaba solo en ese auto sin cambios,

sin marchas que evidenciaran mi incompetencia

y los pájaros surcaban el cielo

como sinuosidades anatómicas 

 

que puedo reconocer

porque construyen un tinglado

friccionando esas masas oblicuas que

limitan en mi abdomen.

 

es un orden comprensible,

una lengua muerta que aprendí a hablar,

a través de la dilatación de mi carne,

que se rompe y vuelve a liar;

 

mi cuerpo emite señales de humo

me grita el nombre de la miko que amo

acuno su bello rostro

memorizo la posición de sus lunares

 

y me cuenta el final de nuestro teatro kabuki:

dos amantes que se matan

incapaces de sobrevivir

en un mundo deshabitado