Cuando iba camino al aeropuerto, la luna continuaba en el cielo: amarilla, naranja, de seguro, contrastante. Lucía como una consistente marca de cigarro sobre un gran telón o quizá alguna sabana o incluso como alguno de esos pequeños piquetes de cenizas que toda prenda de fumador posee. Fuera de eso, siento que hay algo muy triste en la gente que viaja; en los "viajantes", ya sabes. Siempre lo noto, siempre lo siento. Había algo triste en la niña que fotografiaba el ala derecha del avión mientras aterrizábamos y también en la señora que me preguntó si la estación a la que habíamos llegado era Pajaritos y que intentó grabar durante todo el camino una secuencia del paisaje que el movimiento del bus le impedía. Yo no escapo a eso y eso, eso de lo que hablo, es la creencia de que nos dirigimos hacia alguna parte, es el vacío del tránsito alivianado con la fe de que vamos a algún lugar, pero la verdad es que no, no vamos a ninguna parte, a ningún lugar, porque no hay lugares adonde ir o escaparse, salvo uno mismo.