Yo vivo en Ainavillo y cuatro días a la semana tengo que ir a
tomar micro en Carrera, todos esos días camino desde mi casa hasta la avenida,
todos esos días paso por una pequeña zapatería, en verdad es una reparadora de
calzado, eso es lo que dice el cartel, siempre paso y está abierta, la atienden
dos viejos, al parecer un matrimonio, nunca he ido a remendar mis zapatos allí,
pero parece un buen lugar, tienen un montón de plantas en maceteros y otro
montón de zapatos apilados, es bellísima, o sea, a mí me parece bella. Cuando
paso por esa tienda me trasmite una sensación de tranquilidad encomiable, algún
día iré brioso y pediré que peguen mis suelas o que acordonen mis bototos o
cualquier cosa. Qué bonito que es ese ínfimo negocio, pasar el rato allí debe ser
de una delicia tremenda, me gusta mucho la zapatería de calle Ainavillo
llegando a Carrera, la más bella zapatería de todas, el último reducto de la
sobriedad y el amor en este pantano. Como dije, paso todos los días que voy al
trabajo, cuando subo a la micro no logro sacarme de la cabeza ese localcito tan
estrecho y tan austero, siempre recuerdo ese episodio de Breaking Bad cuando
Walter White dice que le gustaría retirarse el resto de su vida a trabajar en
una tiendita de reparación de bicicletas en Alemania o cuando en Los
Sopranos Tony confiesa de que le encantaría renunciar a todo y
dedicarse a criar caballos. Esas dos series se parecen bastante si uno lo
piensa, es como si el proceso fuese inverso, similares de una manera especular.
Por una parte Walter White encarna la transformación del hombre común en un
gran criminal, la parte rota que existe en nosotros y que requiere de un ínfimo
estímulo para que brote como la peste. Por otro lado está Tony Soprano, el
eximio criminal que prácticamente nació para eso, que se nos presenta
completamente pedestre, como el más común de los ciudadanos, que desayuna
cereal en la mañana, en la tarde ahorca a su primo con un trozo de cuerda y en
la noche después de leer un libro se queda dormido. Ambos, más o menos exitosos,
en los puntos más álgidos o estables de su vida, renunciarían y se quedarían
con lo mínimo, de hecho podemos ver a Mr. White leyendo Hojas de Hierba y Tony
a Sun Tzu, dos humildes libros de los más humildes escritores.
Bien, lo de la tienda y todo eso es una excusa, pero quiero que
quede la imagen en la cabeza, que permanezca viva. Escribo esto como una
diatriba, esa era mi verdadera pretensión, porque ayer estaba con mi amigo y
colega Morong y entre que nos drogábamos prendimos el televisor, daban un
programa sobre Sábado Gigante y es eso de lo que quiero hablar. Se trata de un
tipo de recapitulación o retrospectiva del programa de Don Francisco, está él y
Martín Cárcamo viendo situaciones graciosas y personajes emblemáticos. En fin,
se podrán imaginar de qué va, a mí me indigna tanto, no saben el horror que me
provoca. Por una parte está lo malo que era el programa en sí, lo misceláneo e
indefinido, Sábado Gigante junto con el advenimiento del nazismo deben ser de
los peores proyectos totalizantes que la experiencia humana ha visto y verá. Me
encoleriza que haya existido una emisión televisiva que durante tanto
años se dedicara a degradar y festinar con la pobreza y la precariedad del
pueblo chileno, una aspiradora de dignidad y espíritu, además en la peor de la
épocas posibles, lo más apropiado sería guardar silencio y tratar de olvidar,
pero no, hicieron un programa completo dedicado a los desconocidos nostálgicos
de Mario Kreutzberger, que imagino deben habitar en el penal de Punta Peuco
mayoritariamente, porque sólo un sádico podría disfrutar viendo eso. Igual lo
vi completo, aunque a veces cambiaba de canal por las altas cantidades de
vergüenza ajena que contenía, lo que vi me dejó una sensación de miseria, pena
y desesperanza. Entre las historias que mostraban estaba una de una tipa muy
pobre que fue al programa, realizó un largo procesos de pruebas y ganó, pero
Don Francisco le dice que no, que había perdido el premio, la mujer cuenta que
tenía un hijo con una aflicción pulmonar y un marido cesante, que no comía
carne hace casi un año cuando fue, pero le quitaron el premio, y se lo
devolvieron al final, pero se lo quitaron por más de un minuto, la mujer
lloraba amargamente cuando relata todo, absolutamente toda la gente que
entrevistaban y ganaba premios lloraba, nadie era feliz o recordaba con gusto ¿acaso
eso no es suficiente prueba de que el programa era un anexo más de la Brigada
Lautaro?
Miren, no recomiendo ver el programa, quizá como practica mayéutica, para poder sobreponerse a situaciones traumáticas en el futuro, pero no los incito a verlo ni menos aún hacerlo drogados, atroz experiencia. De todas maneras me queda dando vuelta una idea, no me la puedo sacar de la mente, parte con el nombre del programa mismo, ya saben, “Sábado Gigante”, no cualquier sábado sino que uno gigante. No sé si han visto una película que se llama Gigant, es la última que hizo James Dean, es bien buena, bastante dinámica, de esas películas que intenta cortarnos un gran trozo de aquel pastel que llamamos Historia de los Estados Unidos de América, como Forrest Gump, Once upon a time in America o Los mejores años de nuestra vida. Bueno, el personaje de Dean en una conversación con Liz Taylor, apropósito de las dimensiones del terreno y el ganado acumulado por la familia de su marido, le dice algo así: ¿Quién se queda con tanta tierra a menos de que se la quite a otro? Y la idea se repite, porque Taylor cuando conoce a Hudson, ganadero tejano que va a comprar una yegua, le comenta que el estado de Texas, el estado más grande en ese entonces, se lo habían robado a los mexicanos, afirmación que le indigna a Hudson, lo indigesta. Ese es el concepto que intento trasmitir, algo así como que todo lo inmenso, bueno y grande, todo lo colosal y gigantesco, aquello que pretende tocar el cielo o erigirse como inmenso está siempre fundado por valores oscuros, parecida a la idea de que para llegar a la cima hay que pisar muchas cabezas y ese tipo de frases de mierda, idea que se cuela cuando vemos Okja, para dar una referencia más actual. Puede que Sábado Gigante no sea más que una astracanada más en el repertorio televisivo chileno, pero a mí me genera una malquerencia profunda, me embona con sentimientos terribles, inversamente proporcionales a los que emergen cuando veo esa zapatería minúscula. Mi corazón está con esa tienda, pero en general está con esas pequeñeces, con las invisibles rutinas y la simpleza de los pasos que dan los trabajadores que vuelven a sus hogares o la alegría de ver mi vaso de cerveza vacío y pedir una pinta más. Mi amor está expoleado de cualquier contenido demasiado pomposo o conspicuo, a mis parejas les regalo libros, no solamente porque me guste leer sino porque es un gesto muy escueto que no requiere de ningún desmadre de esfuerzo. Como sea, no intentaba hablar de mí tampoco o sí, no sé la verdad, al final uno siempre termina escribiendo de uno mismo. Me quedo con la frase que entredientes le dice James Dean a Rock Hudson: Nadie es rey en esta tierra... Aunque quieran creer lo contrario.