miércoles, 21 de junio de 2017

Fargo.

Fe en la fe –se respondió-. No es necesario tener algo en que creer, basta con creer que en algun lugar hay algo digno de creer. 
Alfred Bester.

Mi alarma sonó a las seis. Mi alarma tiene un sonido suave, una melodía dulzona que venía incorporada a la memoria de mi teléfono, nada especial, nada conmovedor, algunos dirían que no debería considerarse una alarma siquiera, pero a mí me gusta. Miles de veces sólo he dejado que suene, diez años dejando que suene la alarma de mi vida, me mantengo impávido ante el sonido, regodeándome en la comodidad de mi cama, me doy la vuelta y paso a incorporar la música al sueño. Esta mañana no fue la excepción, la alarma sonó y yo no la interrumpí. Me envuelvo entre las frazadas, me cubro completamente y hasta tarareo la melodía en mi mente hasta que natural y progresivamente pierdo el sentido. Adentro de las sábanas la cosa es distinta, son como un traje espacial, afuera está frío, afuera está lloviendo, en el exterior sólo hay inclemencia, vacío y horror cósmico. El invierno es duro, es cruel, no da tregua, no hay cuarteles y todas esas frases que expresan hostilidad, porque todo lo que existe más allá de mi cobertor ha sido mellado por el frío y la humedad. Ahora, luego de la primera alarma hay una segunda, creo que está programada para una hora y fracción después, pero esa alarma de la que hablo es la verdadera alarma, la anterior es una delicia, casi que un orfeón que celebra mi flojera, Ergía silbándome al oído, la segunda es un timbre agudo y corto, con esa comúnmente me levanto. Mis mañanas parten apoltronadas, me baño muy lento, me cepillo muy lento, me tomo un té y como un par de tostadas a una velocidad bajísima, ojeo libros pero no leo realmente nada, estoy en eso hasta que se hace hora de tomar la micro. Desde que salgo de la cama siento frío, un frío profundo, ya no puedo distinguir cuando comienzo y cuando dejo de estar resfriado, algunos querrán corregirme y dirán que técnicamente no es invierno, pero en mi corazón sí, en el interior de mi cuerpo hay un temporal, en mi alma están transmitiendo un capítulo de Fargo, así que no hay más que hielo y sangre -que podría ser el lema de un caballero de la saga de Asgard-, así es como me siento, esa es la forma en que vivo las heladas matinales y las ráfagas de viento. Aunque debo admitir que cuando salgo pierdo toda sensibilidad, me deja de importar la temperatura y desaparece mi capacidad de asombro, me concentro en caminar, observo cada uno de mis pasos, a veces pienso que podría hallar un cadáver a la mitad de la acera y pasaría por encima o que podría verme atascado en un tiroteo y no se me daría nada.

Una vez cerrada la puerta de mi casa siento que salgo disparado al espacio, que floto en éter. Miro a la gente a mi alrededor y me parece que todos estamos encaminados a encontrarnos con algo, algo con lo que tenemos la obligación de encontrarnos, las mañanas poseen cierta histeria silenciosa, una ansiedad permanente y colectiva. Nuestros días son un elaborado proceso de azares concatenados, como en Fargo, todas esas mañanas me siento un personaje de la serie o de la película, da igual. Siempre hay un policía destinado a hallar a un asesino y siempre hay un criminal sentenciado a encontrar a su perseguidor, guiados por sí mismos quizá choquen de espaldas y no pase nada, a lo mejor toda la búsqueda, todo este camino, carece de fines ulteriores, a lo mejor no hay más lógica que esa. Todos quieren resolver misterios, todos quieren ser detectives, cada uno intenta encontrar al culpable de su propio homicidio, pero lo cierto es que no hay mayores respuestas, a veces no hay ninguna respuesta en absoluto, a veces la única respuesta es porque sí, a veces sólo se flota en el éter como lo hace la policía embarazada o ese asesino que no habla mucho o ese otro criminal que habla demasiado, porque al parecer la búsqueda y el escape, la fuga y la pesquisa son una clase de antídoto para la angustia con que nos levantamos todos los días, existe una buena posibilidad de que después del éter haya un vacío o un abismo, que lo que tanto se busca al final no sea más que un inveterado papel en blanco. 

Cuando suena la alarma me despierto con la sensación de estar esperando algo, algo que no sé bien qué es, pero continúo a la espera, porque a diferencia de todos los demás yo ya lo encontré una vez, nos tocamos con la punta de los dedos. Sólo me queda esperar y seguir mi camino, tal cual lo haría mi personaje de Fargo.

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