viernes, 20 de marzo de 2020

104

esta clase de cosas lo hacen a uno pensar
pensar muchas cosas
en ti, desde luego
pero en otra dimensión de ti;
ahora he pensado más en tus piernas o en tus dientes,
el olor de tu perfume en ese chaleco café

creo que eso es lo que jode un poco a todo el mundo,
a mí no no tanto,
siento que al menos
contra ese virus yo ya me vacuné

hablo de que pensar mucho
hacerlo mucho
materializa un poco las cosas
a mí me pasa contigo

*un escritor de ciencia ficción
no tiene derecho a creer en lo que cuenta*
eso dijo carrère que dijo dick
y a mí me da pena
porque al final uno siempre cree en lo que escribe
aunque esté escrito

no me parece imposible (lo repito)
pero lo torna todo muy confuso:
nuestro hogar,
las visitas conyugales,
todo lo hermosamente bella que es tu cara

tuve una quemadura de perdigón en el brazo
me la miraba —y me la miro ahora,
como se iba recubriendo.
y me di cuenta
que es extenuante la tragedia, y
lo mucho que extraño tus preciosos lunares

cuando seamos brasa ardiente,
como la herida de mi brazo,
recordaremos nuestro compromiso
y quizá lloremos para después reírnos
porque sabremos que vendrá una nueva cuarentena





jueves, 12 de marzo de 2020

Es raro pensar en la amistad, es raro cuando uno reflexiona un poco sobre los vínculos, en lo endebles que son, pero lo fuerte que aparentan o demuestran ser y que, cualquiera sea el caso, lo natural siempre será la disipación. Pensaba en D, que hoy vi, aunque no hablamos hace casi un mes, no me pareció tanto tiempo, de todas formas, noté cierto recelo. Claro que nada grave, sólo un rencorcillo por no llamar o no decir algo en como treinta días, por whatsapp ni nada, mientras conversábamos parecía que D mascaba un bocadillo amargo, un carpaccio de salmón con demasiadas alcaparras. Con D pasamos San Valentín, es gracioso pensarlo, nos juntamos con G también, pero esta no es una historia acerca de G, no viene al caso, porque terminamos en una de esas casas del centro, imagino que los dueños eran croatas o serbios, el anfitrión naturalmente que era chileno, hablo de sus abuelos, sus ancestros eran yugoslavos o eso aparentaba. Era una casa grande, amplia y ordenada, en realidad tenía pocas cosas, con un ligero hedor, olor a casa antigua de casco viejo, como si hubiese un paño mojado debajo de algún retablo indeterminado del piso. Como ya no fumo no quería estar afuera, el patio era estrecho, parecía asfixiante, nos quedamos con D en el estar revisando los libros que había en los estantes, casi todo era literatura cristiana y folletos, yo había ido antes, así que ataqué el queso y empecé a revisar los álbumes de fotos. Bajó la tía o la mamá de ese tal Vinko, no sé, nos retó por andar revisando las fotos, nos quitó el álbum, el queso, nos echó al patio como perros, como si fuésemos dos sacos de pulgas, puso candado en el instagram familiar. Le comenté a D que la señora estaba tratando de ocultar el pasado comunista de la familia, porque tenía fotos de Tito, recortes de diario quiero decir. Nos reímos, después nos fuimos caminando. Ahora D me contaba que tenía adolorida la espalda, a D lo apalearon bastante, yo ando tranquilo y eso que cuando estaba en el piso sentí que la presión me iba a reventar el esternón en mil pedazos y mis pulmones recién mullidos iban a esparcirse por todo ese asfalto que hervía. Con D se ensañaron, se resistió más y la bofia odia a la gente morena, pero a la gente rubia que se cree morena evidentemente que la odian un poco más. Hoy, al final, D me dijo que tenía el poema listo para lo del concurso, le dije que lo mandara al mail, que se lo iban a traducir y lo publicarían junto al mío, ya había hablado con las tipas. Debí pedirle que me lo mandara para cerciorarme. Debí darle un abrazo. D es poeta, poeta poeta, y me parte el corazón que la vida se encabrone tanto con él. Lo que más me entristece es la impresión que a veces me transmite D, como si me debiera algo muy costoso o tuviese una deuda impagable conmigo, un CAE de amistad. Ni se imaginan lo mucho que le debo yo a él, no saben el peso que me quitó de encima desde el primer minuto que cruzamos palabra y que esto que escribo de seguro será la única boleta que quedará de esa deuda. 

jueves, 5 de marzo de 2020

103

La otra noche soñé que estaba en Japón, sentía frío en las manos, frío en las orejas. Ahora, cuando digo que soñé en realidad quiero decir que cuando me levanté a eso de las siete de la mañana me dio una fuerte sensación de que había estado en Japón mientras dormía, no es que haya tenido imágenes nítidas de mí mismo caminando por Shibuya o algo así, al contrario, es sólo un sentimiento unido a una convicción semi-consciente de que estuve allí: no hay trama, no hay historia, no hay barridos de cámara o planos cenitales, sólo existe un vacío que se vierte y luego se vuelve a replegar. Hace un tiempo atrás le dije a una amiga que no creía que existiesen los sueños, al menos no de la puñetera forma en la que nos los venden, que es más cercano a una ensoñación en vigilia o alguna obcecación creativa que a una obra destilada por medio de los alambiques del inconsciente; porque creo que para los sueños no hay narratología que valga. Cualquiera podría cuestionar fácilmente todas mis disquisiciones respecto a los sueños, podría hallar vicioso y deprimente mi enfoque, porque esa sensación de la que hablo finalmente es una relación de sentido, podrían cuestionar el porqué de Japón en vez de, por ejemplo, el Londres de Woolf o Seattle o incluso el Dublín de Joyce. En general, siento que nada de lo que escribo termina por responder nada, me angustia mucho eso, pero no creo que sea esa mi misión, además que hay cosas que son inescrutables, como los sueños, como la memoria, y pretender cruzar esas bóvedas es sumamente ridículo y estéril a fin de cuentas. Existe la posibilidad de que estés sintiendo frío ahora mismo y que yo lo sienta, a lo mejor la rigidez del ceño por el espesor húmedo del aire sea algo telepáticamente transferible hasta mi habitación en Iquique, quizá no, puede que haya visto alguna película que me recordó una que otra frase de Mishima y me durmiese con el aire acondicionado encendido. Nunca he ido a Japón, a lo mejor nunca lo conoceré ni estaré cerca, pero sé lo que se siente estarlo, sé que el frío de los callejones de Yotsuya es el mismo frío que sienten los niños que mendigan en Palmira y sé que los murmullos que escucho salen directamente de tu pecho en alguna de las capitales del mundo civilizado, es el murmullo del río, de la corriente, el rechinar del hielo fisurándose y una atmósfera cargada, el frío desolador del amor que nubla y precipita sobre mi mente.