Es extraña la forma en que opera la pena -en realidad, "extraña" no es la palabra que busco, despiadada tampoco, inmisericorde menos-. Impía es la manera en que trabaja la pena, la tristeza funciona de una manera demasiado violenta y efectiva como para que la podamos describir de forma analítica, mucho menos este pobre manojo de palabras podrá hacerlo. Por ejemplo, estaba terminando de leer esa edición Tajamar de la Habitación de Giovanni que me compré en Santiago, eran cerca de las tres de la mañana y sentí un recogimiento tan grande, creo que hasta sollocé en algunos tramos, después naturalmente lloré y eso, al contrario de neutralizar mis ánimos, me dejó sumamente intranquilo. A veces pienso que entiendo muy bien lo que escribe la Ñuño, no por vivir en un contexto similar o por arrastrar una historia parecida, porque no es el caso, de hecho, podría decirse que no la conozco en absoluto, pero siento mucho su literatura y eso es como conocer a alguien de algún modo, es una conexión indesmentible. Una noche antes de todo, fui al departamento de la Fran, vi High Life, nos inyectamos ketamina, supongo que lo hice con la esperanza de ver a Pailla en el viaje, con la esperanza de remover los kilos de sedimento que hay encima de su recuerdo. Pero no, fue absolutamente fútil, tengo que saber vivir con esa memoria achurada.
Los últimos años que viví en Concepción fueron muy tristes, o sea, ahora lucen muy tristes esos meses que se convirtieron rápidamente en años y la verdad es que no creo que con Pailla fuésemos los "mejores" amigos, ni siquiera "grandes" amigos, éramos tan sólo amigos. Pensaba en la pena y en la Nuño, porque yo he estado allí, en ese lugar apartado y húmedo, sé muy bien que la tristeza actúa como la gangrena y es probable que al principio sea una simple cojera, pero luego de unos meses caes en cuenta de que ya no puedes pararte y así hasta que te da una septicemia. Todo eso ocurre sin advertencia alguna y contrario a las leyes de la razón. De todas maneras, quién soy yo para hablar de la tristeza, más aún de la tristeza ajena, qué sé yo a fin de cuentas. Lo que más me apenó de la muerte de Pailla fue mi ingratitud, porque cuando más mal me sentí él me empezó a visitar, creo que partió un día que fue a buscar a Jorge, imagino que debió detectar algo, sentir el olor a agua estancada. Conversamos mucho, durante varios meses, para cuando le conté lo que te había hecho, las cosas atroces que te escribí, Pailla ya había perdido la oportunidad de renunciar o desentenderse de mí. Siguió visitándome, siguió recordándome lo miserable que fui, señalando lo ridículo y egoísta que fue la idea de pretender odiar lo que se amaba, a la vez, que me regalaba su cariño y, por sobre todo, compañía. No es común que cuando uno se siente más solo aparezca alguien a evitar que te hundas, lo natural es que el peso haga lo suyo; además, quién habría dicho que él tenía la altura moral o las habilidades para ayudar tanto a otro ser humano. La respuesta es que ninguno, nadie daba un peso por él, nadie lo consideraba en lo más mínimo. No lo miraban por su color de piel, no lo invitaban porque era mapuche y pobre. Yo siempre encontré muy bonita su sonrisa, los dientes grandes y la ternura que la componían, eso siempre lo voy a recordar.
¿Es posible, acaso, pensar que se puede continuar un juego sin mirar atrás? ¿Sin pedir perdón en algún momento?
Perdóname algún día por haber destruir nuestro amor.
Perdóname, amigo, por no haber estado allí.
Perdónenme todos por la pena que siento.
domingo, 28 de abril de 2019
miércoles, 3 de abril de 2019
Ya a esta altura quizá no valga la pena decirtelo, pero pienso que First Reformed es algo que perfectamente pudo escribir Salinger, creo que quizás sea eso lo que te preocupa más, pero a mi me hace total sentido y al final me imagino que me entrega un poco de paz, como si guardara un secreto indecible o como si le ocultara al resto que padezco de una enfermedad terminal.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)