viernes, 18 de octubre de 2019

101 (barroco).

Unos días atrás estaba en la oficina de un profesor leyendo la introducción de la antología clásica de Regazzonni sobre escritoras latinoamericanas, después tuve que separar algunos textos por grupos temáticos. Pasé casi toda la tarde en eso, me dolían el cuello y los hombros, pero me gustaron harto dos escritoras. Luego fui al paradero, pensé en lo diferente que es el transporte público en una ciudad más grande en comparación con una como Iquique, lo uncido que están una serie de singularidades, buenas y malas, con la precariedad y la distancia, también pensé en Sab de la Gertrudis Gómez de Avellaneda y en James Baldwin, que de alguna manera describen un mundo que funciona sometido a esas mismas fuerzas, una misma energía que se dispara sobre todas las formas, aunque ninguno de ambos verdaderamente pretendía describir nada y aunque, claro, yo no he leído If Beale Street could talk todavía. Entonces, subo a la nave y lógicamente me ubico en un asiento desocupado, al rato me ataca una angustia terrible, porque noto que tomé el recorrido equivocado, pero fácil me resigno y me siento a esperar que la micro de la vuelta.

Fue triste y nostálgica la circunvalación que hice en ese autobús tan impersonal y limpio del recorrido número 17, supongo que me recordó varias cosas, porque a veces uno piensa cuestiones que quiere dejar de pensar, entonces las deja en reposo, pero siempre vuelven, a veces con una canción de Taylor Swift, otras leyendo el final de Aves sin nido; pero vuelve, como si esa ingenua evasión fuese sólo un pivote y cuando estás con la cabeza más pegada al poco vidrio que posee esa caja de metal reaparece, cae el rayo del arcano xvi . Ese sentimiento punza y todo lo que toca lo transforma, porque funciona igual que el lenguaje. Entonces, se hace evidente lo recursivo de mi amor, lo inherente de tu imagen en mi mente, que no es propiamente una imagen sino que un signo, aunque hablamos de lo mismo.

Cada punzada es dolor, supongo que es un recordatorio de lo tapiada que está la ventana que separa mi casa de la tuya: ese dolor que desnuda como muda de forma nuestro amor que se esconde en lo profundo del Paraná, porque lo nuestro se resguarda en lo profundo, en la tristeza del lecho fluvial, entre ese atiborrado montón de palabras que demuestras que el único lugar al que pertenecemos, nuestra patria, es un inveterado pueblo sin ley que construimos hace tantos años atrás y que el único acto legítimo, después de todo el sufrimiento que te infligí, es amarte sin debilidades, sin decir una palabra que demuestre que tengo conciencia de nuestra debilidad y que nos amenaza para hoy y para mañana tribulaciones y peligros. Eso, probablemente, sea tan exigente como soportar mil cortes o el escafismo, como morir desangrado en la calle, pero prevaleceremos, amor mío, prevaleceremos, en esta vida o en la próxima, y me hundiré para siempre en tus suaves pechos, para no volver a decir palabra alguna más que tu nombre.