-Santísimo Padre -le dije-, yo no tengo necesidad de comida, sino que
quisiera que me dieseis una lección espiritual: ¿Cómo he de obtener la
salvación?
Un peregrino ruso
Ayer murió Kenny Baker que era el
actor que interpretaba a R2-D2, o sea, era el enano que estaba dentro del
disfraz del personaje de Star Wars y realizaba sus maniobras. En verdad, cuando
supe no le tomé mayor asunto, la gente muere todos los días, además que tampoco
digamos que el tipo era Marlon Brando, no requería de grandes habilidades para personificar
a un robot que no tiene diálogos reales, sólo pitidos, y sus movimientos eran
bastante simples, probablemente puras líneas rectas, así que en definitiva tampoco
era una gran pérdida para el panteón de los actores. Ahora, yo quiero
homenajear a este hombre, porque en él se encarna una situación que a mí me
delira irremediablemente, creo que con justicia Kenny Baker fue llevado al
descanso eterno, porque si uno se pone a pensarlo su vida debió ser terrible,
era como una carmelita descalza del cyberpunk. Estar aprisionado en esa
armadura, que debe ser como estar dentro de rollo de confort, atado a las
ligaduras de un robot, ahí en medio de los desiertos de Tatooine, sofocado por
el metal y el peso de su humanidad. Imagínense sólo por un segundo estar en su
lugar, lo siniestro de su situación. Kenny Baker es un starets moderno, un
custodio de la belleza futurista y de la ciencia ficción, es probablemente la principal
víctima de nuestros placeres estéticos, relegado a habitar las entrañas de una
máquina, confinado al eterno claustro y oscuridad, porque sabido es que no hay
peor oscuridad que la del día que nunca llega y la de la noche que nunca
termina, la oscuridad con certeza de la luz, la oscuridad de un prisionero. Kenny
Baker es un héroe del cyberpunk y su sacrificio viene a forjar el ethos de esta
realidad pos apocalíptica. El alma de este hombre fue deliberadamente incendiada,
su anima se hizo más que carne, se transformó en acero, todo el débil y precario
envoltorio que recubre nuestro espíritu fue depuesto y reducido a nada, dos
veces. Dentro de R2-D2, Kenny Baker encontró a Dios. Todas estas divagaciones tienen
por objeto agradecerle al hombre por su labor realizada, porque su ser
albergará infinitamente el concepto del espíritu dentro de la máquina, porque
la realidad kafkiana que vivía ese pequeño humano es el símbolo indeleble de que
el cyberpunk vivirá por siempre como un futuro posible e incluso, a momentos, como
un futuro deseable.