Era tarde cuando terminé de leer el libro de Thomas Pynchon que me gustó tanto, aunque tuve dificultades para leerlo, me recordó la primera vez que vi Cowboy Bebop, resulta que es una novela breve, el libro tiene apenas seis capítulos y ni doscientas páginas desde la portada hasta la tapa, pero los primeros cuatro episodios tuve que leerlos dos veces, ignoro bien por qué, o sea, algunos los dejé a la mitad y tuve que retomarlos al rato, otros los leí muy rápido, demasiado rápido, como los valientes, y deben haber al menos ocho buenas razones que sirven como explicación para la dificultad que me presentó leer este libro, pero aquí va una: la traducción. Cuando era adolescente un amigo me pasó un devedé con la serie completa de Cowboy Bebop, ese amigo había viajado a Tacna y aprovechó de comprar un montón de discos con películas, series y programas, a lo mejor con la ulterior intención de matutear la mercancía recién adquirida o quizá sólo por el goce de tenerlos, entre todos esos devedés falsificados, estaba este del que hablo, también una película de cazadores de trolls con todo un mal rollo sobre comer recién nacidos, algo muy extraño, pero por sobre todo aburrido. El devedé que me pasó Alfonso, mi amigo se llamaba así, aparte de violar todas las legislaciones imaginables sobre derecho de autor y propiedad intelectual, además, estaba grabado con voces en español ibérico, porque era la copia de una versión para el mercado europeo, fue desagradable al principio, pero luego me adapté, no sé cuánto tiempo estuvo esa serie con las voces de los actores de doblaje peninsular almacenada y protegida en mi cabeza como quien guarda joyería fina traída desde las indias orientales, de momento, me resulta imposible recordar esas mismas voces que tanto torturaron mi joven cerebro, supongo que no fueron más que bisutería para la memoria. La subasta del lote 49 es una muy buena novela, hay muchos elementos de los que uno podría ponerse a hablar, frases, incluso, que son sobresalientes, pero el libro es un queso; una rueda de queso gruyere. Cada una de las narraciones que conocemos posee una serie de orificios, algunos son parte del pacto de ficción que firmamos al salir de la librería o finalizando el pago vía webpay, son recovecos, vacíos y burbujas necesarias y hasta deseables, pero en Pynchon, al menos en apariencia, uno puede hallar únicamente soledades y sinsentidos: absurdo, solo tú eres puro; pero eso lo dijo Vallejo. Cuando se cuenta algo se pierde por completo, lo relatado queda sellado para siempre en nuestras mentes y las historias adoptan las formas de estos tipos móviles que proliferaban en las imprentas jacobinas o como el molde de un globo hecho con tiras de diario y engrudo. Prácticamente toda narrativa se expresa en una arquitectura donde los vacíos sostienen todo lo que existe, igual que lo hace la energía oscura con el universo del que somos parte, minúsculas extremidades del cosmos, aunque en esta novela resulta completamente al revés y nos permite acceder a esos lugares donde a veces, muy pocas veces, queda todo lo olvidado, borrado, censurado y reformadamente omitido en el atascadero de la racionalidad, también lo que se sella en el corazón y, entonces, ya no es más un vacío o un agujero lo que experimentamos sino, más bien, una herida muy profunda que supura cada vez que nos movemos, o sea, la ausencia extendida a través del vacío, el medio perfecto para hacer funcionar un ansible, la telefonía del futuro: porque es así como me logro comunicar contigo sin tener que hablarte nunca.
domingo, 11 de abril de 2021
jueves, 1 de abril de 2021
121
Quería escribir algo sencillo, algo, que de lo rápido que se leyera, pareciera impersonal. Aunque la extensión, la honestidad y la verdad son cuestiones humanas, las cosas son y no tienen valor dice Forster y me estoy entregando libertades, ten eso en cuenta. Pensar en la ausencia es pensar en el amor. Imagino constantemente al silencio y la ausencia como compañeros, amigos fieles o como dominios de mi propio cuerpo; agentes enteramente metabolizados. No existe metáfora más bella de la muerte que el silencio, la más honesta aproximación del final en el mundo de la vida: donde la muerte no es más que una ficción inevitable y donde el silencio con otra persona suma dos, nunca uno.
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