Caminábamos con mi colega Morong, caminábamos por las
veredas más estrechas, a través de esos callejones angostísimos que se ciernen
por todo el centro de Concepción, caminamos también por aceras anchas y
ampulosas, miramos edificios y vemos pagodas, miramos los bares y nos parecían
dojos, miramos el futuro y sólo vimos ruinas.
Caminamos apretados, a paso rápido, tensos, zigzagueantes, intentando
eludir algo, como dos ratas evadiendo a su predador, arrancando de una
serpiente que recién habían puesto en nuestro laberinto. Esto me trae a la
mente Dark City, porque esta es la ciudad oscura, o sea, aquí se distingue el
día de la noche, pero cuándo fue la última vez que salió el sol, cuándo fue la
última vez que dejó de ser invierno, cuándo fue la última vez que corrió por
nuestros cuerpos aunque sea un hilo, un silbido de viento tibio, cuándo fue la
última vez que nuestros seres queridos estuvieron vivos. Morong me
observa con duda, con escepticismo mientras le enseño el camino, pero yo tengo aún
más preguntas que él.
Cuál es naturaleza ontológica de Concepción, la capital
regional de la penumbra, qué nos intenta revelar. ¿Es esta ciudad un pantano,
una ciénaga o es acaso un bofedal, un oasis irrigado? En Concepción hay bohemia
mezclada con una angustiante letanía, hay bares de jazz al lado de centros
mormones, hay un diálogo inconducente todos los días, a cada momento, un
diálogo sin resultado, un dialogo que nos expone la contradicción misma de sus
elementos, Trentren y Caica-vilu a la mitad de Paicaví. Yo veo a mi amigo
Morong, veo sus calcetines de bambú acerca de los que me comenta y se me
ocurre una sola pregunta: ¿aguantarán esos calcetines de bambú este invierno?
Pero, aun peor que eso ¿aguantará ese corazón de bambú este invierno que nos viene a asaltar como una bestia?