lunes, 24 de diciembre de 2018

un cuento de navidad.

En el fondo, si no me sintiera morir, me podría creer ya muerto.


La otra noche me costó conciliar el sueño, estuve un rato dándome vueltas sin mayores resultados, a la larga terminé por desvelarme, en algún punto supe que no iba a volver a dormir, que era irreversible mi situación, porque además en estas fechas toda la mañana y tarde pasan carros alegóricos que hacen insostenible cualquier pretensión de descanso diurno. Pienso en que hay algo muy triste en constatar esa fisura, ese pliegue que genera la aceptación de una situación como irreversible, como completamente líquida y fuera de nuestro control, pienso que hay algo extremadamente hermoso en esa aceptación también, algo que encierra un misterio que al parecer es menos complicado de entender que el misterio inicial. Ahora pienso en ese sentimiento, ahora pienso en esa parte de Carol cuando Therese vuelve de la casa de Carol, luego de toda esa escena tensa e incómoda de la discusión con su marido, creo que está en un taxi y se pone llorar, no, miento, está en el metro o en el tren y llora, pero no solo llora, se quiebra, se derrumba completamente y eso es desolador, porque yo lo he sentido, porque el amor a momentos es desolador y creo que en parte a Therese la embarga una pena terrible, pero por otro lado es un llanto que constata que no está tan sola, que ya no va estar tan sola en este mundo tan amargo e insípido que hemos construido, pero que será a un costo de absoluto dolor, porque tras esa grieta enorme hay algo hermoso. A veces el traginar del tiempo hace que se desvanezca esa sensación, que se olvide momentáneamente esa constatación bella pero triste de la que hablo, entonces Therese tiene las fotos de Carol para volver al aliciente inicial, o ulterior, según como uno quiera entenderlo. Siempre están las fotografías, las imágenes, los tatuajes, los sigilos, los amuletos, los trenes y juguetes, las canciones pop, los poemas de Leonard Cohen, elementos condensadores. Yo cuando veo fotografías me pasa algo similar, por ejemplo, veo tu fotografía con el vestido rojo y no puedo más de amor y belleza en el pecho, me siento morir suavemente. Luego, siento una profunda tristeza, una tristeza que me complicaría mucho explicar bien, pero esa tristeza me hace feliz, me reconforta, podrán creer que es un oxímoron lo que digo, pero yo no soy nada retórico y en realidad se parece más a lo que dice Miriam, en algún momento en The marvelous Mrs. Maisel, sobre que por supuesto que quiere que la gente ría con su rutina, pero que también lloren, y llegado al final de la serie creo que ese mensaje es bastante más explícito y mejor expresado de lo que yo puedo escribir. A mi lo único que me importa es el amor, escuchar como fluye esa corriente, como escurre ese río dentro de nosotros, porque yo sé que nuestras aguas son capaces de arder como una hoguera.

jueves, 13 de diciembre de 2018

La verdad es que no lloro mucho, no lloro casi nunca, en buena parte porque me comprimo lo suficiente como para no tener que verme en esa situación de vulnerabilidad; por otro lado, porque, al igual que Shinji, a veces uno cae en cuenta de que lo más probablemente es que se nos acabaron las lágrimas por tanto vivir en un mundo desmoralizante y horrible sin ninguna posibilidad de escapatoria salvo la enajenación por medio de las drogas. En contradicción con eso, noto que el paso del tiempo me ha vuelvo más sentimental, más receptivo a la emotividad, y no es que me asuste el hecho de tornarme así con la edad, lo que me da miedo es no saber a ciencia cierta de dónde proviene. El paso de los años nunca me ha parecido algo terrible, no me refiero al paso del tiempo que todo vuelve añicos y hace polvo, sino al paso del tiempo en mí, en uno.

Lo que he concluido sobre eso es que le tengo un temor terrible a olvidar, a la entropía creciente, a que las cosas con el tiempo pierdan su significado, que el mensaje de tanto pronunciarlo se termine por perder completamente, eso me da miedo pero no me hace llorar, aunque me dan ganas de llorar y sollozo bastante cuando eso se vuelve más tangible, cuando hago catarsis viendo de nuevo Cold War o repitiendo el final seis veces para que no se me salte nada.

Hay cosas que me entristecen cuando termino de entenderlas. Me pasa bastante con las películas, por ejemplo con Cold War, que de tanto verla se me vidrio el espíritu, me pasa cuando pongo shallow o ill never love again en youtube, me pasa con los créditos de The Rider, me pasa sobre todo cuando pienso en los encuadres de Cassavates, cuando recuerdo finalmente que las lágrimas son la última forma de comunicación.