Ayer me levanté por la mañana y
me encontraba intranquilo, tenso de alguna manera, sentía cierto peso en el pecho y no sabía por qué, comer carne asada a deshora, la mezcla de alcoholes destilados con fermentados, no lo tengo claro aun.
Me lavé la cara, los dientes, me levanté en definitiva y procedí a escabear en
esa maravilla a la que todos tenemos acceso, el más precioso licor: la
internet. Así que revisé un par de datos, datos de crucial importancia,
posiblemente, o de nula importancia, quién sabe, eran datos que creí transcendentales
y luego perdieron su contingencia. De cualquier manera, en medio de eso, Juanpi
me llamó, me invitó a comer a su casa, iba a preparar ñoquis y etcétera. Extendida
la invitación, salí a tomar locomoción, Juanpi me dio unos datos súper malos
que sumado a mi nula capacidad de orientación, resultó en un periplo
insufrible de cuadras y cuadras. En algún momento de eso -a lo mejor pasaron
años o meses, no podría asegurarlo- llegué al lugar preciso donde se encontraba
el paradero de la micro -micro de la que me encuentro escéptico en cuanto a su
existencia-, micro que teóricamente me llevaría al departamento de Juanpi. Como todo se dio
mal, fue lógico que siguiera resultando mal, así que el recorrido que
necesitaba nunca pasó por esa parte y me vi obligado a tomar otro bus
totalmente diferente y del que desconocía su procedencia y al lugar donde se
dirigía, esto agregándose al hecho de que jamás había ido antes a esa casa y
que no tenía una dirección detallada ni precisa del lugar mismo. Finalmente,
llegué por algún milagro a buen puerto y comí con Juanpi y tomamos negras
cervezas en bellos vasos, a borbotones salía la espuma y nuestro placer por tal
banquete de alcohol y carbohidratos, nos drogamos igual y todo resultó muy
bien. Lo que quería contar no era eso, no tiene relación con mi amistad con
Juan Pablo, sucede que, mientras preguntaba qué potencial micro me era útil, me
posicioné en el paradero de Tucapel llegando a Rozas –zona de nómades de la
periferia rural de concepción, negociantes al menudeo, travestis y sodomitas- y
logrando visualizar una máquina que me servía, con miedo a no ser visto, estiro
las piernas y mi brazos, me veía como un animal rampante, como el huemul del
escudo nacional, a lo que le sumé señas, en ese mismo instante, por detrás de mi
escena, un travesti muy similar al actor que interpreta a Don Ramon me ve y en
una mágica ocurrencia pasa la palma abierta de su mano por mi culo y pronuncia
una frase que llevo tatuada con fuego en el corazón ¡oh! me dio hambre. Ahora, ya arriba de la micro, metido en ese fanal, desde Kandor mismo, pude ver el rostro del hechor, la sonrisa que rajaba su rostro, debo admitir que me dio risa, luego me inquietó, luego me senté y no hice nada.
Yo en verdad tenía hambre, como
señalé en un inicio, no había almorzado, ni siquiera desayunado, así que si
tenía hambre, tenía mucha hambre, en efecto. El travesti no creo que haya
tenido hambre, eso no era lo que trataba de decir, eso todos lo sabemos. Yo me
hago la pregunta, de qué hambre hablaba ese sujeto, ese hombre-mujer, esa persona, tenía o no tenía hambre y si tuviese hambre, hambre de qué tendría. Yo desconozco la respuesta, pero como sabrán, estoy leyendo una antología de Emily Dickinson y
entre sus poemas, todos numerados, está el 579. He pensado mucho en ese poema.
Como sea, el zafio actuar del transexual se puede interpretar de muchas maneras, en lo personal, pienso que a veces la gente no tiene hambre, sólo tiene miedo de
comer -no sé si se entienda lo que trato de decir-.
579
Tuve hambre, muchos años --
y el mediodía mío llegó - y su almuerzo --
temblando me acerqué a la mesa --
temblando me acerqué a la mesa --
y toqué el extraño vino --
todo esto sobre mesas había visto --
cuando hambrienta, volvía a casa
todo esto sobre mesas había visto --
cuando hambrienta, volvía a casa
miraba por las ventanas, el lujo
que no podía pretender -- para mi --
no reconocí el enorme pan --
tan diferente de las migajas
que mis pájaros y yo, compartíamos
en el comedor -- de la naturaleza --
la abundancia me dolió -- tan nueva --
yo misma me sentí enferma -- y extraña --
como una fresa -- de la montaña --
replantada -- en la ruta --
no reconocí el enorme pan --
tan diferente de las migajas
que mis pájaros y yo, compartíamos
en el comedor -- de la naturaleza --
la abundancia me dolió -- tan nueva --
yo misma me sentí enferma -- y extraña --
como una fresa -- de la montaña --
replantada -- en la ruta --
tampoco tenía hambre -- descubrí
que el hambre -- era el estado
que tiene la gente afuera de las ventanas --
y que al entrar -- lo pierde --
que tiene la gente afuera de las ventanas --
y que al entrar -- lo pierde --