domingo, 26 de junio de 2016

Dios da pan a quien no tiene dientes.

Ayer me levanté por la mañana y me encontraba intranquilo, tenso de alguna manera, sentía cierto peso en el pecho y no sabía por qué, comer carne asada a deshora, la mezcla de alcoholes destilados con fermentados, no lo tengo claro aun. Me lavé la cara, los dientes, me levanté en definitiva y procedí a escabear en esa maravilla a la que todos tenemos acceso, el más precioso licor: la internet. Así que revisé un par de datos, datos de crucial importancia, posiblemente, o de nula importancia, quién sabe, eran datos que creí transcendentales y luego perdieron su contingencia. De cualquier manera, en medio de eso, Juanpi me llamó, me invitó a comer a su casa, iba a preparar ñoquis y etcétera. Extendida la invitación, salí a tomar locomoción, Juanpi me dio unos datos súper malos que sumado a mi nula capacidad de orientación, resultó en un periplo insufrible de cuadras y cuadras. En algún momento de eso -a lo mejor pasaron años o meses, no podría asegurarlo- llegué al lugar preciso donde se encontraba el paradero de la micro -micro de la que me encuentro escéptico en cuanto a su existencia-, micro que teóricamente me llevaría al departamento de Juanpi. Como todo se dio mal, fue lógico que siguiera resultando mal, así que el recorrido que necesitaba nunca pasó por esa parte y me vi obligado a tomar otro bus totalmente diferente y del que desconocía su procedencia y al lugar donde se dirigía, esto agregándose al hecho de que jamás había ido antes a esa casa y que no tenía una dirección detallada ni precisa del lugar mismo. Finalmente, llegué por algún milagro a buen puerto y comí con Juanpi y tomamos negras cervezas en bellos vasos, a borbotones salía la espuma y nuestro placer por tal banquete de alcohol y carbohidratos, nos drogamos igual y todo resultó muy bien. Lo que quería contar no era eso, no tiene relación con mi amistad con Juan Pablo, sucede que, mientras preguntaba qué potencial micro me era útil, me posicioné en el paradero de Tucapel llegando a Rozas –zona de nómades de la periferia rural de concepción, negociantes al menudeo, travestis y sodomitas- y logrando visualizar una máquina que me servía, con miedo a no ser visto, estiro las piernas y mi brazos, me veía como un animal rampante, como el huemul del escudo nacional, a lo que le sumé señas, en ese mismo instante, por detrás de mi escena, un travesti muy similar al actor que interpreta a Don Ramon me ve y en una mágica ocurrencia pasa la palma abierta de su mano por mi culo y pronuncia una frase que llevo tatuada con fuego en el corazón ¡oh! me dio hambre. Ahora, ya arriba de la micro, metido en ese fanal, desde Kandor mismo, pude ver el rostro del hechor, la sonrisa que rajaba su rostro, debo admitir que me dio risa, luego me inquietó, luego me senté y no hice nada.


Yo en verdad tenía hambre, como señalé en un inicio, no había almorzado, ni siquiera desayunado, así que si tenía hambre, tenía mucha hambre, en efecto. El travesti no creo que haya tenido hambre, eso no era lo que trataba de decir, eso todos lo sabemos. Yo me hago la pregunta, de qué hambre hablaba ese sujeto, ese hombre-mujer, esa persona, tenía o no tenía hambre y si tuviese hambre, hambre de qué tendría. Yo desconozco la respuesta, pero como sabrán, estoy leyendo una antología de Emily Dickinson y entre sus poemas, todos numerados, está el 579. He pensado mucho en ese poema. Como sea, el zafio actuar del transexual se puede interpretar de muchas maneras, en lo personal, pienso que a veces la gente no tiene hambre, sólo tiene miedo de comer -no sé si se entienda lo que trato de decir-.


579

Tuve hambre, muchos años --
y el mediodía mío llegó - y su almuerzo --
temblando me acerqué a la mesa --
y toqué el extraño vino --

todo esto sobre mesas había visto --
cuando hambrienta, volvía a casa
miraba por las ventanas, el lujo
que no podía pretender -- para mi --

no reconocí el enorme pan --
tan diferente de las migajas
que mis pájaros y yo, compartíamos
en el comedor -- de la naturaleza --

la abundancia me dolió -- tan nueva --
yo misma me sentí enferma -- y extraña --
como una fresa -- de la montaña --
replantada -- en la ruta --

tampoco tenía hambre -- descubrí
que el hambre -- era el estado
que tiene la gente afuera de las ventanas --
y que al entrar -- lo pierde --



lunes, 6 de junio de 2016

El perdón (a modo de disculpas públicas).


Es noble pedir disculpas, es noble pedir perdón y lamentarse, es noble la penitencia y el arrepentimiento, pero yo no soy un sujeto noble, ni por cerca, ni por asomo, es que no se puede ser noble cuando uno está sumergido en el hedonismo, no se puede ser responsable ni disciplinado en un mundo habitado por lobos y hienas. En el cyberpunk no hay espacio para la nobleza ni para la samaritanería, porque en el universo en que habito se está en guerra todo el tiempo, una batalla infinita contra la página en blanco, en mi mundo no hay esquinas donde se trafique la bondad sino sólo como excepción, en la realidad de la poesía/literatura/blog la única muestra de debilidad es el amor fundante de todos los protagonistas heridos de éste panorama pos apocalíptico. Pero siempre hay excepciones y hoy es el día en que manifestaré mis disculpas públicas a la familia Walter Martin, en particular al hermano de mi amigo Nicolás, que era el que lucía más enojado.
Ante esta pudenda misión creo que debo señalar que me considero un humano proclive al exceso y al fuego, que le tengo poco respeto a los espacios públicos y al público mismo a veces inclusive. En fin, pido disculpas por, primeramente, llegar tarde a la celebración de la titulación de Nico, pero el día anterior había ido a ver Supernova con mi amiga Toña Meyer y ambos potenciamos la personalidad ya naturalmente propensa al consumo de drogas del otro, así que desperté tarde y con la cabeza abombada, además tuve horribles pesadillas sobre enormes serpientes que salían de los cielos y devoraban todo, lluvias de peces y relampagueantes mares de sangre, lo que me hizo despertar agitado y provocó el retardo en mi llegada. Luego, pido disculpas por molestar a los organizadores con peticiones ridículas e inverosímiles, diciendo que era vegano en medio de un asado, de cualquier forma la carne estaba estupenda y agradezco el detalle de la ensalada de apio, que en lo particular me gusta mucho. También pido disculpa por decir que consideraba a los scout una manga de idiotas sólo superados por los tunas en su nivel de idiotez frente al profesor Andrés Cruz, que es scout activo y además estaba de cumpleaños ese día. Por último, pido disculpas por, en medio del éxtasis del alcohol, haber tomado el extintor del quincho y rompiendo el seguro proceder a esparcir por la sala de eventos del condominio el contenido químico encima de todo y todos, también por facilitarle el extintor a Nicolás e incitarlo a atacar a su amigo Abatto y casi matarlo de asfixia y luego quitarle, ya para ese entonces, el arma y elevando el objeto, bramar groserías y frases sueltas del Marqués de Sade y, no siendo suficiente, finalmente arrojar el aparato a la laguna de San Pedro desde el lugar en que me encontraba.
Fueron mágico cada uno de los segundos que permanecí ahí y agradezco la invitación, sabido es que soy un hombre sensible, que llora cuando ve caer una flor y que se asusta con cosas como el dedo que aprieta el botón, pero busqué la belleza en cada momento, incluso cuando desperdigaba polvo químico seco. Brindo por eso y por todos.
Sin más que agregar y en mérito de mis palabras, y en mérito del resurrecto, espero que encuentren perdón en sus corazones.
Cariñosamente.
Enzo Ron Galaz.