Qué
hago aquí, en medio de la pista de baile, sosteniendo un vaso con un trago mal
preparado. Qué hago aquí, en medio de la húmeda oscuridad que proyecta la
multitud que a veces me observa, que a momentos me mira, por segundos con asco
por otros con extrañeza. Cada alma que habita este lugar me resulta
desconocida, o no tanto, o no completamente. Así que observo la inmensidad del
mar, de este océano negro e informe de humanos contra humanos, unidos quizá
sólo por sus pelvis, por una eventual genitalidad de jeans y calzas con y sin
animalprint.
Mi
pelvis no es ninguna excepción, vibra con el sonido de los clásicos del
reggaetón, eso me dijeron que eran, clásicos del género. Ahora bien, yo dudo
que existan clásicos en el reggaetón, creo que es un género muy poco
pretencioso y por lo mismo desconoce la posibilidad de trascender, la opción de
su propia trascendencia es anti-definitoria para el reggaetón, por lo mismo no
hay clásicos, sólo reggaetón, sólo pasión atemporal. Ojalá alguien comparta esa
apreciación, mi compañera de baile no sé si sepa lo que estoy pensando, no se
ve muy sobria ni muy interesada en mis conclusiones, está muy concentrada en el
contorneo y el ritmo, lo que a la larga enamora.
La
verdad, yo estaba ahí por ella, todo pudo ser de otra forma, yo podría haber
estado en la casa de mi amiga Toña Meyer tomándome una cerveza y fumando
tranquilamente, pero decidí venir acá, a Residencia -que dista mucho del
poemario de Neruda, aunque todo el tiempo sentí cierta emocionalidad cercana al
Galope Muerto-, pero las cosas se dieron de tal manera que allí fui a parar, a
ese antro, por la camandulera estrategia de todos y aquiescencia de mi
personalidad disoluta. Como sea, en un minuto mi compañera desapareció, me fue
arrebatada. Aquí inicia el relato real, cuando estaba yo solo observando a toda
esta muchedumbre, en su mayoría hombres, seres repugnantes y mal vestidos,
engendros cinocéfalos en busca del amor. Hay algo romántico, a fin de cuentas,
en ir a la disco, hay algo profético también. Como la mujer que me acompañaba había
ascendido a los cielos y yo me encontraba en medio de esa mierda, de esa
tribulación horrible, la música dejó de parecerme agradable, se tornó en una
gotera en la frente, entonces intenté emborracharme lo más rápido posible,
porque, como diría Ralph Ineson en The Witch, mi naturaleza corrupta me hace
proclive al pecado. Contra todo pronóstico, era sumamente trabajoso conseguir
un trago, se requería una paciencia monacal, sortear dos filas e intentar
comunicarse con el barman para que me dieran un vaso largo que contenía: hielo,
pisco, detergente y cocacola. Me mantuve fuerte durante una hora, a lo mejor
menos, hasta que el efecto de las drogas consumidas con anterioridad se desvaneció
y mi estancia se hizo intolerable, dejé a mis amigos ahí, para ese entonces era
lo más cercano a estar dentro de un cuadro de Pieter Brueghel. Fue de ésta manera
que me fui, me encontraba sobrepasado, desfondado por esa gente, que era como
un desfiladero y sabido es que cuando uno mira largo rato al abismo, el abismo
te mira a ti. Tomé un taxi y me fui a mi casa de Ainavillo.
Veintitrés de Abril, dos mil dieciséis.
Querida, siento verte
partir, pero lo entiendo. En verdad, no lo entiendo, pero lo acepto. Me alegra
mucho haber tenido éste tiempo juntos, creo que nunca había sentido un amor
como lo fue este. Quizá algún día nos volvamos a encontrar en mejores
circunstancias.
Con amor, Enzo.
P.S. Busqué la palabra
Enzo (Ensō) en mi diccionario de Japonés/Español y resulta que significa Circulo
o Totalidad; simboliza la iluminación, la fuerza, la elegancia, el universo y
el vacío. No es que piense en mí de esa manera, por supuesto. Es sólo
interesante imaginarlo.