martes, 31 de mayo de 2016

Homenaje a Charlie Kaufman y Andy Kaufman.


Qué hago aquí, en medio de la pista de baile, sosteniendo un vaso con un trago mal preparado. Qué hago aquí, en medio de la húmeda oscuridad que proyecta la multitud que a veces me observa, que a momentos me mira, por segundos con asco por otros con extrañeza. Cada alma que habita este lugar me resulta desconocida, o no tanto, o no completamente. Así que observo la inmensidad del mar, de este océano negro e informe de humanos contra humanos, unidos quizá sólo por sus pelvis, por una eventual genitalidad de jeans y calzas con y sin animalprint.

Mi pelvis no es ninguna excepción, vibra con el sonido de los clásicos del reggaetón, eso me dijeron que eran, clásicos del género. Ahora bien, yo dudo que existan clásicos en el reggaetón, creo que es un género muy poco pretencioso y por lo mismo desconoce la posibilidad de trascender, la opción de su propia trascendencia es anti-definitoria para el reggaetón, por lo mismo no hay clásicos, sólo reggaetón, sólo pasión atemporal. Ojalá alguien comparta esa apreciación, mi compañera de baile no sé si sepa lo que estoy pensando, no se ve muy sobria ni muy interesada en mis conclusiones, está muy concentrada en el contorneo y el ritmo, lo que a la larga enamora.

La verdad, yo estaba ahí por ella, todo pudo ser de otra forma, yo podría haber estado en la casa de mi amiga Toña Meyer tomándome una cerveza y fumando tranquilamente, pero decidí venir acá, a Residencia -que dista mucho del poemario de Neruda, aunque todo el tiempo sentí cierta emocionalidad cercana al Galope Muerto-, pero las cosas se dieron de tal manera que allí fui a parar, a ese antro, por la camandulera estrategia de todos y aquiescencia de mi personalidad disoluta. Como sea, en un minuto mi compañera desapareció, me fue arrebatada. Aquí inicia el relato real, cuando estaba yo solo observando a toda esta muchedumbre, en su mayoría hombres, seres repugnantes y mal vestidos, engendros cinocéfalos en busca del amor. Hay algo romántico, a fin de cuentas, en ir a la disco, hay algo profético también. Como la mujer que me acompañaba había ascendido a los cielos y yo me encontraba en medio de esa mierda, de esa tribulación horrible, la música dejó de parecerme agradable, se tornó en una gotera en la frente, entonces intenté emborracharme lo más rápido posible, porque, como diría Ralph Ineson en The Witch, mi naturaleza corrupta me hace proclive al pecado. Contra todo pronóstico, era sumamente trabajoso conseguir un trago, se requería una paciencia monacal, sortear dos filas e intentar comunicarse con el barman para que me dieran un vaso largo que contenía: hielo, pisco, detergente y cocacola. Me mantuve fuerte durante una hora, a lo mejor menos, hasta que el efecto de las drogas consumidas con anterioridad se desvaneció y mi estancia se hizo intolerable, dejé a mis amigos ahí, para ese entonces era lo más cercano a estar dentro de un cuadro de Pieter Brueghel. Fue de ésta manera que me fui, me encontraba sobrepasado, desfondado por esa gente, que era como un desfiladero y sabido es que cuando uno mira largo rato al abismo, el abismo te mira a ti. Tomé un taxi y me fui a mi casa de Ainavillo.

  Veintitrés de Abril, dos mil dieciséis.

    Querida, siento verte partir, pero lo entiendo. En verdad, no lo entiendo, pero lo acepto. Me alegra mucho haber tenido éste tiempo juntos, creo que nunca había sentido un amor como lo fue este. Quizá algún día nos volvamos a encontrar en mejores circunstancias.


   Con amor, Enzo.


    P.S. Busqué la palabra Enzo (Ensō) en mi diccionario de Japonés/Español y resulta que significa Circulo o Totalidad; simboliza la iluminación, la fuerza, la elegancia, el universo y el vacío. No es que piense en mí de esa manera, por supuesto. Es sólo interesante imaginarlo.