domingo, 17 de mayo de 2020

El horror: un texto latero más escrito por mí.

It deem it be — Continually —
At the Meridian?
 Una poeta sagitario


Me quedé pensando en lo reconfortante del terror hoy por hoy y, posiblemente, siempre. Primero pensé que la periferia del género era lo que lo hacía tan adecuado, porque lo forzaba a uno a quitar la mirada de los hechos, te vehiculiza, de alguna manera, a una zona segura donde poder proteger nuestra mente de lo verdaderamente terrorífico, o sea: el coronavirus, el encierro y la realidad misma a fin de cuentas. Pero no es del todo cierto eso aunque yo ya no afirmo casi nada, sólo un par de cosas, porque aunque uno se introduzca en una experiencia disociada de la realidad, en un simulacro, por así decirlo, eso no produce que, al finalizar la película o el libro, el miedo pretérito no siga allí, de hecho, se torna un poco frustrante pasar de un miedo a otro, terminar de ver Hellraiser para darse cuenta por la tele que nos gobiernan y dirigen elementalmente esos mismos cenobitas.

Ahora estoy más inclinado a pensar que lo reconfortante debe yacer en la reflexión, en el examen del miedo, en ensayar lo inefable para aproximarse de alguna manera, de una humana manera, a la voluptuosidad en que habita ese temor que nos embarga a todos, quizá estas palabras no te digan ciertamente nada y, de seguro, Carpenter lo dibuja mejor que yo en In the mouth of madness. De cualquier manera, yo soy de los que piensa que de esta experiencia no se va sacar nada en limpio ni siquiera creo que empeore, al menos no de una manera demasiado perceptible, el día que repartan la vacuna y la gente pueda salir a la calle y la muy entre comillas normalidad se retome, no va ocurrir absolutamente nada, la gente va mirar al cielo y en el mejor de los casos se reirán, pero no va pasar NADA, esa inmensa mayoría no le va haber hecho ni cosquilla la cuarentena ni la peste ni la muerte.

A veces pienso que ando muy gótico, la otra vez un tipo escribió que en Cisjordania (الضفة الغربية) vivían así todo el tiempo, transitando de claustro en claustro y debe ser cierto y no es que crea que haya que poner en pausa la decencia y la empatía, pero me cuesta mucho salirme de mí mismo, siento que estoy tan inundado que me es imposible llegar hasta medio oriente y preocuparme de eso o lo otro. Es que apenas puedo leer, hacer ejercicio y cada vez como menos, ahora mismo estoy un poco fatigado.

Por otra parte, pensaba en el aniversario de Mad Max, la última, y que un escritor hace algún tiempo atrás afirmaba muy suelto de cuerpo que la película era “una perfecta reinterpretación de Moby Dick”. Mientras leía esa ridiculez, concluí que esa película está infinitamente más emparentada con Stagecoach o con el cine de Howard Hawks, pero este gallo decía eso de la novela de Melville y la verdad es que yo no lo veo, lo que sí veo es a un niño de tres años jugando con su playmobil y tratando de meter los cuadrados en las ranuras redondas.

Moby Dick es una novela de terror si uno se lo piensa, es estilísticamente un relato gótico y se trata, en síntesis, de un montón de gente que está junta por motivos equivocados y se ven forzados a enfrentar a una fuerza infinitamente superior a ellos, individual y conjuntamente. Así vista, The Evil Dead o Tiburón se acercan mucho más a Moby Dick que cualquier película de George Miller —que imagino no debe estar ni enterado de lo que escribe el patético de Ortega—. De hecho, hay capítulos derechamente gore como el de la esfinge y otros repletos de una tensión asfixiante, definitivamente en el desenlace. Mad Max es una perfecta película de acción y distopía sea lo que sea que signifique distopía a esta altura, quizá la mejor de todas, sobre todo en su versión cromada, salvo que me caen medio pesado algunas cosas muy sobrescritas o explícitas, pero yo soy de esos siúticos que le gusta más la del 79 y me gusta más la Beneath the Planet of the Apes que la primera, así que no soy de fiar en esto temas y eso está bien.

Comprendo que son cosas de gusto, porque gusto y comprensión no son un continuum, eso el Pancho no creo que lo haya interiorizado, porque reseña libros y textos de la misma forma que ve patos y pichones, con un afán de coleccionista y me imagino que está bien, pero no pillo nada personal ahí y eso es desolador y no voy a venir yo a negarle la literatura a nadie, menos todavía a un amigo; simplemente, no me trago esos relativismo tan higienizados. Intento decir que para mí los libros y las películas no son una hilvanada trama que hay que consumir hasta el vómito, tampoco creo que haya que generar una especie de digestión perfecta, solo que no puedes descansar en Harold Bloom cuando la verdad es que no vale ni dos pesos ese tipo. Dudo bastante de la necesidad de un canon, soy para-canon o anti-canon o a-canon, quién sabe, dudo de la necesidad o la existencia siquiera de un camino, porque es afirmar una ilusión tan evidente, porque no todo es un puto trekking, por Dios, no sé cómo no se dan cuenta y me angustia y me generan una herida que sangra profusamente. Lo único que quiero decir es que la cuestión está más cerca de ser “un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento” que cualquier otra cosa, ese hallazgo es lo más acercado que se ha dicho jamás: una pulsión sagital entre Cumbres Borrascosas y Billy Budd o como cuando te encuentras con la persona que amas y sientes, sin advertencia, que ahora tu corazón palpita desde el interior de tu cuello y que no se va mover de allí nunca más, así que no puedes ni vocalizar ni nada, entonces quieres echarte a llorar o dormirte para siempre, pero al mismo tiempo te enteras, por un segundo, que estás vivo y percibes la sangre deslizándose en cada centímetro de tu endeble cuerpo. Igual probablemente cambie de opinión, como dije antes, yo ya no afirmo nada, salvo un par de cosas.

viernes, 8 de mayo de 2020

Un hombre bajo la influencia (vol. ii)

Hace una semana atrás llegaron unos tipos de la compañía del agua y comenzaron a hacer un hoyo en la mitad de la calle, imagino que debido a alguna fuga o algo por el estilo y supongo que hasta ahí todo bien, pero en cuanto comenzaron a excavar no pararon más. Fue un desplazamiento de tierra ridículo, para el segundo día la ruma que se formó era tan grande que hacía prácticamente imposible sacar los vehículos de las casas e impedía hasta el más mínimo y civil tránsito. Yo, siendo sincero, salgo tan escasamente de mi casa que no me afectó gravemente, pero me parecía extrañísimo lo que estaba ocurriendo afuera y parecía como si hubiesen encontrado un cadáver o los huesos de un dinosaurio. Esa duna roja o café que se iba acumulando entre todo ese asfalto roto terminó por alcanzar la altura de una casa, era imponente, pero más interesante que eso era el hoyo en el suelo que implicaba la presencia de ese cúmulo de tierra, además, de la exponencial cantidad de gente y maquinaria que se iba acumulando a menos de cinco metros de las ventanas de mi habitación. Desde el segundo piso, podía distinguir la tubería desnuda y el sustrato horadado que se mostraba ante mí como una terrible herida expuesta, mientras me preguntaba cuán hondo podría ser ese hoyo, que a esta altura ya podía estar en medio de la calle o en medio de mi cabeza. Pasó un día más y algunos trabajadores comenzaron a descender en la excavación y la concavidad terminó por anegarse, así que todo se tornó como esas escenas del principio de A Woman Under The Influence, de los tipos luchando contra el agua con impermeables amarillos y botas de goma, aunque, más que tipos, era la humanidad completa tratando de combatir una fuerza aparentemente externa, la humanidad enfrentada a un furibundo caballo cimarrón o alguna clase de subterráneo dios primigenio, pero nada más equivocado, porque son simplemente hombres intentando reparar una matriz de suministro y, por otra parte, no somos más que personas luchando contra la locura. Eventualmente lo cerraron, un día desperté y la tierra estaba nuevamente ahí, donde se espera que esté siempre.

El abismo sigue allí, no han pavimentado y quizás sea mejor así. Yo aún puedo distinguir el pique: vivo, palpitante; como una cicatriz que se esconde tras un tatuaje viejo. Creo que lo que más me intriga no es la profundidad de esa cuchillada que se asestó en la tierra, sino la oscuridad que esconde la misma. Soñaba con poder salir y ver con mis propios ojos la penumbra, incluso sentarme y balancear las piernas en ese vacío tan reciente, acomodarme de tal manera en las fauces de las sombras que pareciera una provocación, casi deseando que algo me llevara para castigar, de una vez, todas mis tropelías. Pero me da miedo, amor mío, me da mucho miedo esa oscuridad que se enmudece con el ruido de las calles y la gente, pero que sigue allí, esa oscuridad que suponen las heridas del pasado y todas las que vendrán, esa oscuridad que significan mis errores y vergüenzas, pero también mis temores subterráneos, esa sombra que termina permeando completamente en mi cerebro, haciéndole pensar lo peor y, la verdad, es que no sé cuánto de mí sobreviviría sin ti. Probablemente nada.