Hace una semana atrás llegaron
unos tipos de la compañía del agua y comenzaron a hacer un hoyo en la mitad de
la calle, imagino que debido a alguna fuga o algo por el estilo y supongo que hasta
ahí todo bien, pero en cuanto comenzaron a excavar no pararon más. Fue un desplazamiento
de tierra ridículo, para el segundo día la ruma que se formó era tan grande que
hacía prácticamente imposible sacar los vehículos de las casas e impedía hasta
el más mínimo y civil tránsito. Yo, siendo sincero, salgo tan escasamente de mi
casa que no me afectó gravemente, pero me parecía extrañísimo lo que estaba
ocurriendo afuera y parecía como si hubiesen encontrado un cadáver o los huesos
de un dinosaurio. Esa duna roja o café que se iba acumulando entre todo ese asfalto
roto terminó por alcanzar la altura de una casa, era imponente, pero más
interesante que eso era el hoyo en el suelo que implicaba la presencia de ese
cúmulo de tierra, además, de la exponencial cantidad de gente y maquinaria que
se iba acumulando a menos de cinco metros de las ventanas de mi habitación. Desde el
segundo piso, podía distinguir la tubería desnuda y el sustrato horadado que se mostraba ante mí como una terrible herida expuesta, mientras me preguntaba cuán
hondo podría ser ese hoyo, que a esta altura ya podía estar en medio de la calle o en
medio de mi cabeza. Pasó un día más y algunos trabajadores comenzaron a
descender en la excavación y la concavidad terminó por anegarse, así que todo
se tornó como esas escenas del principio de A
Woman Under The Influence, de los tipos luchando contra el agua con
impermeables amarillos y botas de goma, aunque, más que tipos, era la humanidad
completa tratando de combatir una fuerza aparentemente externa, la humanidad
enfrentada a un furibundo caballo cimarrón o alguna clase de subterráneo dios
primigenio, pero nada más equivocado, porque son simplemente hombres intentando
reparar una matriz de suministro y, por otra parte, no somos más que personas
luchando contra la locura. Eventualmente lo cerraron, un día desperté y la
tierra estaba nuevamente ahí, donde se espera que esté siempre.
El abismo sigue allí, no han pavimentado y quizás sea mejor así. Yo aún puedo distinguir
el pique: vivo, palpitante; como una cicatriz que se esconde tras un tatuaje viejo. Creo que lo que
más me intriga no es la profundidad de esa cuchillada que se asestó en la tierra, sino la
oscuridad que esconde la misma. Soñaba con poder salir y ver con mis propios
ojos la penumbra, incluso sentarme y balancear las piernas en ese vacío tan
reciente, acomodarme de tal manera en las fauces de las sombras que pareciera una
provocación, casi deseando que algo me llevara para castigar, de una vez, todas
mis tropelías. Pero me da miedo, amor mío, me da mucho miedo esa oscuridad que
se enmudece con el ruido de las calles y la gente, pero que sigue allí, esa
oscuridad que suponen las heridas del pasado y todas las que vendrán, esa
oscuridad que significan mis errores y vergüenzas, pero también mis temores subterráneos,
esa sombra que termina permeando completamente en mi cerebro, haciéndole pensar
lo peor y, la verdad, es que no sé cuánto de mí sobreviviría sin ti. Probablemente
nada.
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