viernes, 8 de mayo de 2020

Un hombre bajo la influencia (vol. ii)

Hace una semana atrás llegaron unos tipos de la compañía del agua y comenzaron a hacer un hoyo en la mitad de la calle, imagino que debido a alguna fuga o algo por el estilo y supongo que hasta ahí todo bien, pero en cuanto comenzaron a excavar no pararon más. Fue un desplazamiento de tierra ridículo, para el segundo día la ruma que se formó era tan grande que hacía prácticamente imposible sacar los vehículos de las casas e impedía hasta el más mínimo y civil tránsito. Yo, siendo sincero, salgo tan escasamente de mi casa que no me afectó gravemente, pero me parecía extrañísimo lo que estaba ocurriendo afuera y parecía como si hubiesen encontrado un cadáver o los huesos de un dinosaurio. Esa duna roja o café que se iba acumulando entre todo ese asfalto roto terminó por alcanzar la altura de una casa, era imponente, pero más interesante que eso era el hoyo en el suelo que implicaba la presencia de ese cúmulo de tierra, además, de la exponencial cantidad de gente y maquinaria que se iba acumulando a menos de cinco metros de las ventanas de mi habitación. Desde el segundo piso, podía distinguir la tubería desnuda y el sustrato horadado que se mostraba ante mí como una terrible herida expuesta, mientras me preguntaba cuán hondo podría ser ese hoyo, que a esta altura ya podía estar en medio de la calle o en medio de mi cabeza. Pasó un día más y algunos trabajadores comenzaron a descender en la excavación y la concavidad terminó por anegarse, así que todo se tornó como esas escenas del principio de A Woman Under The Influence, de los tipos luchando contra el agua con impermeables amarillos y botas de goma, aunque, más que tipos, era la humanidad completa tratando de combatir una fuerza aparentemente externa, la humanidad enfrentada a un furibundo caballo cimarrón o alguna clase de subterráneo dios primigenio, pero nada más equivocado, porque son simplemente hombres intentando reparar una matriz de suministro y, por otra parte, no somos más que personas luchando contra la locura. Eventualmente lo cerraron, un día desperté y la tierra estaba nuevamente ahí, donde se espera que esté siempre.

El abismo sigue allí, no han pavimentado y quizás sea mejor así. Yo aún puedo distinguir el pique: vivo, palpitante; como una cicatriz que se esconde tras un tatuaje viejo. Creo que lo que más me intriga no es la profundidad de esa cuchillada que se asestó en la tierra, sino la oscuridad que esconde la misma. Soñaba con poder salir y ver con mis propios ojos la penumbra, incluso sentarme y balancear las piernas en ese vacío tan reciente, acomodarme de tal manera en las fauces de las sombras que pareciera una provocación, casi deseando que algo me llevara para castigar, de una vez, todas mis tropelías. Pero me da miedo, amor mío, me da mucho miedo esa oscuridad que se enmudece con el ruido de las calles y la gente, pero que sigue allí, esa oscuridad que suponen las heridas del pasado y todas las que vendrán, esa oscuridad que significan mis errores y vergüenzas, pero también mis temores subterráneos, esa sombra que termina permeando completamente en mi cerebro, haciéndole pensar lo peor y, la verdad, es que no sé cuánto de mí sobreviviría sin ti. Probablemente nada.

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