jueves, 5 de marzo de 2020

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La otra noche soñé que estaba en Japón, sentía frío en las manos, frío en las orejas. Ahora, cuando digo que soñé en realidad quiero decir que cuando me levanté a eso de las siete de la mañana me dio una fuerte sensación de que había estado en Japón mientras dormía, no es que haya tenido imágenes nítidas de mí mismo caminando por Shibuya o algo así, al contrario, es sólo un sentimiento unido a una convicción semi-consciente de que estuve allí: no hay trama, no hay historia, no hay barridos de cámara o planos cenitales, sólo existe un vacío que se vierte y luego se vuelve a replegar. Hace un tiempo atrás le dije a una amiga que no creía que existiesen los sueños, al menos no de la puñetera forma en la que nos los venden, que es más cercano a una ensoñación en vigilia o alguna obcecación creativa que a una obra destilada por medio de los alambiques del inconsciente; porque creo que para los sueños no hay narratología que valga. Cualquiera podría cuestionar fácilmente todas mis disquisiciones respecto a los sueños, podría hallar vicioso y deprimente mi enfoque, porque esa sensación de la que hablo finalmente es una relación de sentido, podrían cuestionar el porqué de Japón en vez de, por ejemplo, el Londres de Woolf o Seattle o incluso el Dublín de Joyce. En general, siento que nada de lo que escribo termina por responder nada, me angustia mucho eso, pero no creo que sea esa mi misión, además que hay cosas que son inescrutables, como los sueños, como la memoria, y pretender cruzar esas bóvedas es sumamente ridículo y estéril a fin de cuentas. Existe la posibilidad de que estés sintiendo frío ahora mismo y que yo lo sienta, a lo mejor la rigidez del ceño por el espesor húmedo del aire sea algo telepáticamente transferible hasta mi habitación en Iquique, quizá no, puede que haya visto alguna película que me recordó una que otra frase de Mishima y me durmiese con el aire acondicionado encendido. Nunca he ido a Japón, a lo mejor nunca lo conoceré ni estaré cerca, pero sé lo que se siente estarlo, sé que el frío de los callejones de Yotsuya es el mismo frío que sienten los niños que mendigan en Palmira y sé que los murmullos que escucho salen directamente de tu pecho en alguna de las capitales del mundo civilizado, es el murmullo del río, de la corriente, el rechinar del hielo fisurándose y una atmósfera cargada, el frío desolador del amor que nubla y precipita sobre mi mente.

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