sábado, 15 de agosto de 2020

200 (señales de humo)

entro y salgo de la ducha

me miro en el espejo

primero seco luego brumoso,

contrario a los consejos de mishima

 

me ejercito por las noches,

elaboré una rutina compleja y calculada,

una máscara que posee varias facciones;

frente al espejo me observo unos momentos:

 

el perfil de mis pectorales desnudos,

los valles que socaba la hipertrofia

el desarrollo involuntario del radial;

observar me hace fugazmente feliz

 

la manera en que mi abdomen,

imitando el interior de un guante,

forma un lugar perfecto para posar una mano,

como estrías de una palanca de cambios

 

la de esa camioneta toyota blanca

que mi padre vendió y me dolió tanto,

porque sentí que se iba algo de mí;

cuando fui a dejar ese automóvil a su comprador

 

miré mi derecha vacía y

a la izquierda las playas repletas de aves,

absurdamente llenas

de aves que volaban en bandadas;

 

estaba solo en ese auto sin cambios,

sin marchas que evidenciaran mi incompetencia

y los pájaros surcaban el cielo

como sinuosidades anatómicas 

 

que puedo reconocer

porque construyen un tinglado

friccionando esas masas oblicuas que

limitan en mi abdomen.

 

es un orden comprensible,

una lengua muerta que aprendí a hablar,

a través de la dilatación de mi carne,

que se rompe y vuelve a liar;

 

mi cuerpo emite señales de humo

me grita el nombre de la miko que amo

acuno su bello rostro

memorizo la posición de sus lunares

 

y me cuenta el final de nuestro teatro kabuki:

dos amantes que se matan

incapaces de sobrevivir

en un mundo deshabitado


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