domingo, 14 de febrero de 2021

¿un cuento de san valentín?

Un hombre bajo la influencia.


 “Si te amara menos, podría ser capaz de hablar más sobre ello.”

Una escritora sagitario.

 

Van apenas dos días desde que Ester no está aquí y la casa ya está hecha un desastre: en medio de la noche, pasadas las tres de la mañana, un vecino tocó al citófono para avisarme que una de las cañerías de la calle se había roto. Miré a través de la ventana de la alcoba y distinguí, entre el cemento y la tierra, un chorro conciso brotar como un espigado géiser negro, para cuando bajé al primer piso, en ese mismo instante, caí en cuenta que la casa estaba anegada. Observé, espantado, como ese líquido mugriento y grisáceo invadía todos nuestros muebles y enseres nuevos. El agua bordeaba fácilmente mis tobillos, estaba todo hecho una miseria y no pude evitar una rabiosa sensación de impotencia; la sensación, quizá la certeza, de haber sido despertado de un pacífico sueño sólo para ser colocado a la fuerza dentro de una pesadilla. Además, acá las casas no se anegan, o sea, no es algo que acurra normalmente, en este lugar ni siquiera llueve, esto no es mucho más que un caserío incrustado en la mitad del desierto. Pero, supongo, estas cosas pasan y nuestra casa está en pendiente, así que, sin ir más lejos, al vecino de enfrente, no le importó en lo más mínimo esta urbana irrupción fluvial, quizá hasta le pareció divertido, pero yo me inundé y lo más mortificante era tener que limpiar todo ese desastre solo.   

 

Probablemente con Ester elegimos esta propiedad pensando en regalarnos (y relegarnos, claro está) una nueva vida. Una vida juntos, pero lejos de todo. Fuera de la fiesta, pero en medio de la vida, nos decíamos el uno al otro con una sonrisa resignada. Decidimos alejarnos de nuestros padres, parientes y amigos de la capital y, principalmente, alejarnos de los cuestionamientos cada vez más apremiantes. Ambos somos geólogos y decidimos montar una pequeña contratista de exploración para la minería. Así, nos mudamos rápidamente para acá, fue casi una fuga, porque esta labor la podíamos realizar perfectamente desde Santiago, de hecho, eso fue lo que nos dijo todo el mundo, pero llevaba un tiempo resultándome cada vez más dificultoso salir. Se generó una fisura entre ellos y nosotros, cuestión que terminaría siendo más un problema para el resto que para mí mismo o, incluso, para Ester. Supongo que progresivamente dejamos de intentarlo y eso alteraba mucho a mis padres y a cada uno de nuestros conocidos.

 

Después de constatar el aluvión, no pude seguir durmiendo, pasé todo el resto de la noche y ese día limpiando: baldeando el agua en el patio trasero; ventilando los sillones, mesas y sitiales; secando las alfombras y soportando ese olor pestilente que ahora desprendía cada rincón de la casa a causa del agua estancada filtrándose hasta los cimientos. De lo último que me ocupé fue del antejardín, en parte para no toparme con los tipos de la compañía del agua y porque era simplemente deprimente estar allí. La entrada estaba hecha un vertedero, la corriente arrastró un alud de escombros y basura que tuve que juntar y categorizar hasta entrada la noche.

 

Recién, cuando casi concluía mi tarea, solamente restaba destapar la esclusa del estacionamiento, que aún exhibía una delgada película de agua, fue cuando pasó por mi cabeza la idea de comunicarme con Ester y relatarle todo lo ocurrido, incluso, aprovechar de descargar con alguien la indignación contenida. Ella, de seguro, respondería con alguna frase tranquilizadora que ayudaría a convencerme de que me ahogaba en un vaso de agua, hasta bromearía con la metáfora del vaso de agua y la casa inundada, lo podía recrear mentalmente; reiríamos y sería todo muy reconfortante, pero de seguro no habría nadie para contestar en el lugar donde estaba y no valía la pena ni siquiera intentarlo.

 

Una vez en el estacionamiento, me arremangué un poco los pantalones y fui avanzando por el charco del estacionamiento hasta llegar al sumidero. La tapa de la torca estaba hundida por la presión de la basura y tierra desplazada. Me dio un asco tremendo meter la mano, el olor era terrible y hasta pasó por mi mente la idea de encontrar una paloma muerta o algún animal putrefacto. Contuve la arcada y, al final, no fue nada tan terrible, sólo arena y una bolsa con piedras interrumpiendo el descenso del agua. Tomé con la mano completa el objeto que obstruía el flujo y de un tirón lo saqué, el agua de inmediato se fue desvaneciendo, como en una bañera a la que se le arranca el tapón; finalmente, arrojé la bolsa hacia atrás de mi espalda sin mirar.

 

Cuando la bolsa chocó contra el piso, generó una fuerte y pesada vibración metálica, como si una gran llave inglesa se hubiese golpeado contra el suelo. Volví sobre mis pasos, me agaché y limpié con las manos la pesada bolsa, que era más bien un morral o saco, para abrirlo. Al interior había un paquete envuelto con huincha negra, se sentía durísimo y deforme, a la vez que acolchado en algunas zonas repletas de cinta adhesiva, pensé inmediatamente en drogas y lo rajé para cerciorarme. Era una pistola, un revólver realmente, y mis manos lo saltaron casi por reflejo. ¡Qué chucha!, dije es voz alta. Tomé el arma rápido e histéricamente la hundí contra mi pecho, miré repetidas veces a mi alrededor, intenté corroborar no hubiese ningún vecino siendo testigo de la escena y entré a la casa.

 

Ahora, en el interior, mis ánimos se apaciguaron paulatinamente. La botella de vino me ayudó bastante. Me deshice de la bolsa y el envoltorio, puse el arma en mi escritorio y me senté a observarla. La contemplé un buen rato, me daba un miedo terrible tocarla y que se disparase o me explotara en la cara, había pasado quizá cuánto rato allí atascada bajo el agua, sumergida, podía estar defectuosa o qué sé yo. Atiné escasamente a removerle con toallanova los dejos de humedad que todavía exhibía y noté por ambos lados del tambor que el arma se encontraba cargada con seis bronceados cartuchos, pero el martillo se hallaba en posición abatida; lo que me tranquilizó, de alguna manera. Busqué un paño entre las cosas de mi escritorio, encontré uno anaranjado con olor a lustramuebles, envolví el revólver de manera delicada, como un cazador chinchorro que lleva acabo un intuitivo y ancestral ritual mortuorio, y mientras sorbeteaba los últimos tragos de la copa me decidí a pasar la noche en la pieza de invitados, la del piso de abajo: así estaría atento ante la próxima inundación y, ciertamente, ya no valía la pena seguir ocupando la habitación principal, era demasiado trabajo.  

 

Una vez apeado en la habitación de huéspedes, coloqué la pistola sobre la cómoda. Desde la cama la podía ver con solo mover la cabeza hacía la izquierda, yacía perfectamente arropada dentro del trapo. Esa noche me costó conciliar el sueño, mientras miraba absorto el cielorraso comenzaron los cuestionamientos: me pregunté a quién podría pertenecer el arma, quién, en ese barrio de amistosos y pacíficos jubilados, sería el propietario de esa pistola. Aunque, ¿Por qué tendría que ser uno de ellos? Parecía sacada de una película de gángsters, era la clase de pistola que los capos de la mafia les dan a sus sicarios para matar al tipo que no paga. Cualquiera sea el caso, fuese de quién fuese, indubitablemente, no era el arma de un coleccionista ni de alguien que la adquiría para protegerse a sí mismo o a su familia o a nadie. No tenía ningún sentido ¿Por qué estaba así tan envuelta y sellada? Parecía un arma que existe solamente para realizar una tarea específica, quizá ya concretada, y luego ser desechada, botada a la basura, abandona para siempre. Lo más terrible, lo que más me pesaba, medité, finalmente, era el hecho de que alguien pudiese haber presenciado mi hallazgo. No se veía nada bien esa escena del tipo raro, el vecino nuevo, el que nunca sale ni saluda a nadie, corriendo con un arma entre las manos para parapetarse en su vivienda. De seguro iban a llamar a la policía, me denunciarían. No quería enfrentarme con un detective, menos a un oficial, escasamente atendía la puerta, ni siquiera recibía la correspondencia cuando pasaba el cartero, ¡Por Dios!, ni siquiera pude ir a buscar el auto a la calle perpendicular cuando Ester, semanas atrás, se agripó y se sentió tan mal, por suerte, al rato, le bajo la fiebre, porque dudo haber sido capaz de llamar a una ambulancia o abrirle la puerta al personal médico. Recé, recé con fuerza para que ningún vecino me hubiese visto, al menos, hasta que el vino y el agotamiento terminaron desarmando mis rezos.

 

Al siguiente día, los tipos de la compañía comenzaron a primera hora sus faenas. Me despertó el ruido, aunque, verdaderamente, no daba la impresión de que hicieran tanto. Me puse en pie, apreté mis ojos contra sus cuencas y me acerqué despacio a la ventana de la pieza que da al antejardín, muy lentamente introduje los dedos, índice y medio, entre las polvorosas láminas de la persiana. Vi un círculo de cascos amarillos y blancos observar a un par de chicos en overol cavar un hoyo en la mitad de la calle, en el preciso lugar donde había nacido el manantial que terminó por inundarme. Al rato tocaron al timbre. No contesté. Dejaron un papel entre los fierros de la reja que jamás alcancé ni me interesó leer en primer término; para mí, el daño estaba hecho, el río Alfeo pasó y limpió los establos, qué más daba ahora. Me senté sobre la cama con la espalda muy tiesa y miré directamente el paño chillón sobre el mueble. Luego, parado frente a él, nació en mí un terrible deseo de profanar el cuerpo metálico guardado en su interior. La dejé el desnudo, contactándose libremente con el aire, el cañón y las zonas metálicas del aparato relucían como sólo el cromo puede relucir, brillaban igual que los ojos de Ester, ese oscuro resplandor que exhalan sus bellos ojos cafés sobre el delicado lienzo blanco de su rostro; Ester es preciosa, pensé, preciosa como un arma, como un cuchillo recién afilado. Caminé a la cocina para prepararme un café y aproveché de desconectar la línea del citófono.

 

Creo, hasta ese día, iba todo bien: los obreros trabajaban, se movían y conversaban libremente, merendaban y tomaban Coca-Cola, incluso bromeaban y reían. Todo esto a no más de diez metros de mi ventana y, la verdad, no me importaba en lo más mínimo, por el contrario, estaba fascinado. Los observaba continuamente desde la habitación. Volvieron a tocar el timbre muchas veces, hasta que aceptaron que nadie nunca les iba a abrir. Optaron por transmitir a grito pelado la información que consideraban pertinente noticiar. Imagino que eso les evitaba ir puerta por puerta también.

 —¡Vamos a cortar el agua! — gritaba uno, desde el interior de la zanja y con el agua hasta las rodillas.

—¡Reconectamos! Ya pueden lavar la loza, vecinos — al rato afirmaba otro más joven, carcajeando infantilmente, mientras conectaba una bomba y otro le hacía señas a un camión en retroceso.  

Esa rutina se repitió un par de veces, quizás tres veces más, a lo mejor cinco, no sé, pero un día no volvió a interrumpirse más el suministro, pero la excavación siguió, se hizo más profunda y, posiblemente, de ahí en adelante, no se detuvo o, siendo sincero: yo no la vi detenerse.

 

Fue un desplazamiento de tierra ridículo, para el tercer día de trabajos la ruma que se formó era tan grande que hacía prácticamente imposible a los vecinos sacar sus vehículos e impedía hasta el más mínimo y civil tránsito. Naturalmente, a mí no me importó, pero me parecía extrañísimo lo que estaba ocurriendo afuera, lucía como si hubiesen encontrado un cadáver o una fosa entera o hasta los huesos de un dinosaurio. Me sacaba una sonrisa tener que contarle a Ester, relatarle que habían encontrado una gruta precolombina o, mejor aún, que habían pillado la salida de la Cueva de los Tayos justo en frente de nuestra casa. Alejandro, va ser todavía más lío meter el auto en el estacionamiento, me respondería ella. Así me pasaba el día, las tardes, mirando la empresa arqueológica que se vivía a metros del antejardín y contemplando hipnotizado la pistola que nunca osé tocar de nuevo; me transformé en una especie de armado y silencioso capataz del lejano oeste, asechando entre las sombras a mis peones, combustionando los días de la canícula con alcohol e intentando reconstruir en mi mente las pláticas del exterior.

 

La duna roja o café que se iba acumulando entre todo ese asfalto roto terminó por alcanzar casi la altura de una casa, era imponente, llegó a tapar todo el primer piso, pero más interesante era el agujero en el suelo que implicaba la presencia de ese cúmulo de tierra, además, de la exponencial cantidad de personal y maquinaria que se acumulaba alrededor del pozo. Desde el segundo piso, podía distinguir la tubería desnuda y el sustrato horadado que ante mí se exhibían como una terrible herida expuesta. Me preguntaba cuán hondo podría ser ese hoyo que, a esta altura, habiendo pasado los días, perfectamente podría estar en la mitad de la calle o en medio de mi cabeza.  

 

Algunos trabajadores comenzaron a descender en la excavación y la fosa terminó por anegarse; obreros como hojuelas en una taza de cereal. Entonces, todo me recordó a esa escena del principio de esta película de Cassavetes donde aparece Columbo con unos tipos librando una batalla contra el agua, intentando mitigar el rebalse de unas cañerías. Salen con impermeables amarillos y botas de goma, y Columbo, el actor, el personaje, llama a su esposa, le dice que va llegar tarde, que lo siente mucho pero que la ama y se lo compensará. Aunque, más que obreros, más que personas o individuos, yo veía a la humanidad entera tratando de combatir una fuerza aparentemente externa, veía a la frágil raza humana enfrentada a un furibundo caballo cimarrón, o alguna clase de subterráneo dios primigenio, pero, a lo mejor, me lo estoy pensando demasiado, porque son simplemente hombres intentando reparar una matriz de suministro y, por otra parte, no son mucho más que personajes de una película batallando contra la locura.

 

Por las noches las faenas se paralizaban, por mi lado, cuando me percataba que atardecía, me alistaba con una botella de vino para contemplar el pozo que esos trabajadores habían construido. Escojo muy meditadamente la palabra “construir”, porque todos esos pobres tipos bañados en su propio sudor, cansados como caballos de una diligencia, fueron capaces de transfigurar la materia desde su estado primitivo: donde antes estaba un plano, ahora hay un hueco. Eso genera, de alguna particular manera, un contra sentido al momento definir tal esfuerzo como una “construcción”, porque en nuestras mentes habita intuitivamente la idea de fabricar y elaborar cosas para elevarlas, ya saben, cosas que buscan erigirse a toda costa: edificios, torres, pilares, estatuas, etc. Ester, acertadamente, dice que esa idea colectiva es una perversa y fálica apreciación del trabajo humano, otra charada liberal. Las catacumbas son construcciones, el pozo de Kola es una construcción, en definitiva, cualquier perforación lo es y bien lo sabemos los dos; nos dedicamos a eso mal que mal. Lo más probable es que occidente haya perdido su ónfalo y daba mucha pena constatarlo, porque ni a esos cansados obreros les importaba su empresa. De todas formas, lo que me intrigaba no era el diámetro o la profundidad de la cuchillada que le habían asestado a la tierra esos trabajadores y obreros, sino la oscuridad que escondía. Soñaba poder salir y ver directamente la penumbra, esa oscuridad del porte de la noche, incluso, soñaba con sentarme y balancear las piernas en ese vacío tan reciente, acomodar mi cuerpo de tal manera en esas fauces que pareciera una provocación, casi deseando que algo me llevara para castigar, de una vez, todas mis tropelías, cada una de mis debilidades. Lo anhelaba con fuerza, pero sabía muy bien que era algo para lo que estaba absolutamente impedido.

 

Eventualmente lo cerraron, un día desperté y la tierra estaba de regreso allí, donde se espera que esté siempre: por debajo de nosotros. Lloré la tarde completa, no entendí muy bien lo que me pasaba. Salí al antejardín y todavía podía sentir el abismo, su atracción o magnetismo, era como cuando entras al mar y sientes ahí mismo la corriente reclamándote, desde tus pies tirando de ti. No lo pavimentaron y quizás sea mejor así, pensé. Yo aún distinguía el pique: vivo, palpitante, la cicatriz que se esconde tras un tatuaje o como un tatuaje cubriendo otro, a su vez. Podía verlo claramente. Busqué las llaves, destrabé la chapa y comencé a sudar frío. Se me ocurrió aprovechar el impulso para botar en el tacho la basura acumulada de días. Tomé una bolsa amplia y la llevé arrastrando por todos los rincones. Avancé por toda la casa hasta llegar al patio delantero. Oscurecía, nuevamente, así que metí rápido esa porquería dentro del basurero. Eran en su mayoría botellas y créanme que se escuchó así; una crujidera terrible. Me di la vuelta, miré en dirección a la herida del suelo. De cuatro zancadas llegaba, calculé. Sudaba frío, más que frío, era una transpiración gélida. Inhalé lento y de repente me percaté de un vecino, el tipo intentaba vocalizar algo, se acercaba de manera inminente, era un punto que poco a poco se va definiendo, tomando forma. En ese instante mi corazón empezó a latir desde el interior de mi garganta y tuve la desesperada certeza de que pasaría un buen rato antes de que volviera a su posición original. No pude distinguir lo que dijo el hombre, no me importó demasiado y mecánicamente volví a la casa a vomitar.

 

A estas alturas, en las gavetas iba quedando sólo fernet. Le coloqué un montón de hielo al vaso y me recosté en la cama del primer piso. Posé el vaso sobre mi frente. El brillo de la pistola comenzó a ser molesto, me dolía un montón la cabeza y el revolver parecía observarme; me incorporé débilmente, cubrí el arma apenas y volví a la cama. Había apagado la lampara, cerraba los ojos con fuerza, intenté en serio ahogarme en la penumbra. Pero tener abiertos o cerrados los ojos daba igual, ahora estaba en el vientre de mi madre o en las fauces de un animal, en punto muerto. Y aunque tuve muchas ganas de salir a ver el abismo, o sea, el hito que marcaba su pretérita existencia, me daba mucho miedo, era preferible hundirme en esa porción de sombra, en esa oscuridad accesible. Porque me aterrorizaba esa otra oscuridad, la que se enmudece con el ruido de los automóviles y la gente, pero que sigue allí, persiste; esa oscuridad que suponen las heridas del pasado y todas las que vendrán; la oscuridad de mis errores y vergüenzas, pero también mis temores subterráneos, una sombra que termina permeando completamente en mi cerebro; esa oscuridad que no necesita de luz que le haga sobra, esa oscuridad  que me hacía pensar las peores fatalidades y; la verdad, es que no sé cuánto de mí sobreviviría en su interior…seguramente, nada. 

 

A ciegas salí y la reja seguía abierta. Di unas zancadas, luego un par de pasos para descontar terreno y llegué a la pequeña huella de arena que testimoniaba lo que antes era un cráter. Me toqué el pecho, era imposible seguir mi propio pulso, era demasiado irregular o, quizás, no me encontraba en condiciones de constatar nada. Estaba en la mitad de la calle viendo un pequeño montículo de arena apenas distinguible, hasta que desde la nuca me brotó una cálida sensación, una especie de luz cenital que iluminaba un escaso retazo de piso. Alguno de los focos de movimiento de las casas debió activarse, pensé. Entonces, miré directamente al cielo, pero no vi nada. No había luces, desde luego, tampoco había luna ni se observaban las estrellas: parecía ser una luz sin foco. El cielo resplandecía sobre una extraña oscuridad que me penetraba hasta la planta de los pies, eran sombras de terciopelo opacándose entre sí, era tan profunda la oscuridad como lo podría ser la cara de un gorila, pero, de un momento a otro, detrás de las cortinas: la bestia pestañeó.

 

Cuando desperté, al alba, daban vuelta en mis oídos una serie de sonidos oclusivos y alveolares. Ya de pie, los ruidos adquirieron sentido y en ese momento lo supe; todo era muchísimo más claro ahora en mi cráneo palpitante. Me acerqué y sostuve el arma de la cómoda por su empuñadura, subí corriendo las escaleras y entré en nuestra habitación. Ella seguía tendida en la cama, a su lado pude distinguir una figura que escondía la cabeza entre su pecho, como el guardamano de una escopeta a punto de ser disparada; entonces, apunté el revólver.

 

Iquique, diciembre de 1979.

 

 

 

 


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