viernes, 23 de septiembre de 2016

Rafael Garay, el último replicante.

De vez en cuando, un rayo de luz se materializa de la nada,
atravesando la pared como un fantasmal dedo exploratorio y se hunde nuevamente en la
nada.
S.P.

Llevo demasiado tiempo pensándolo, comentándolo con mis colegas blogueros, incluso antes de renunciar a la actividad coperil fui y se lo expuse a mis compañeros de labor, creo que le hablé una hora de eso a Pancho antes de desmayarnos de borrachos, cuando me llamó Pamela le di una lata eterna acerca del tema, pero es que a mí me deliran estas cosas. ¿Dónde está Rafael Garay? ¿En qué lugar perdido entre la frontera de Rumania y Hungría se encuentra? ¿Por qué necesitaba tanto dinero, por qué se paseó por la mitad de Viena con un abultado bolso color verde olivo? ¿Qué tenía ese bolso, por qué lucía tan pesado y a la vez tan frío, incluso inerte, sospechosamente estéril? ¿Es Rafael Garay una especie de Rimbaud, finalizará su viaje en alguna joven nación africana traficando marfil o como Dexter terminará en un aserradero después de ser absorbido por la tormenta? ¿Acaso Garay vio demasiadas veces Atrápame si puedes? ¿Es Rafael Garay la respuesta a nuestras plegarias por tratar de construir colectivamente una versión propia de Carmen Sandiego? ¿Este hombre canceroso, este hombre enfermo, nos genera fascinación a la vez que reproche por el hecho de que encumbra un relato al cual nuestras miserables y ramplonas vidas nunca podrán optar? ¿Qué es Rafael Garay, es economista de la Universidad de Desarrollo, es un vagabundo del dharma, un malhechor del oeste americano, es Billy the Kid o el antagonista de alguna película de Howard Hawks? Las respuestas se despliegan más deprisa que la mismas preguntas, porque el ex candidato es eventualmente un estafador y también, en algún universo paralelo donde Concepción posee la mayor concentración de ingenuos paletos progresistas, es el alcalde, el edil de una ciudad imaginaria, de un municipio infinito y ficticio, como una partida de SimCity o el ejercicio de despilfarro de tiempo que implica abrir un libro de ¿Dónde está Wally? ¿A dónde fue a parar el ingeniero oriundo de Concepción, fue un llamado numinoso al que atendió? A la mitad del mar negro, a la mitad de su vida y a la mitad exacta de su camino que en tierra se prolongaría por territorio soberano turco para posteriormente unirse a la resistencia kurda en Kobane y así acabar sus días fusilado por algún guardia fronterizo fiel a Erdogan, pero ese soldado notará la inverosimilitud de rasgos de la que Garay es dueño, el expresará primero en turco y luego en un prosaico inglés un quién eres y qué haces aquí, cómo fue a parar un hombre como él a este beligerante sitio, a esta crucial escena, pero de la boca de Rafael no saldrá ninguna palabra y en un torpe y poco veloz movimiento intentará meter su mano al bolsillo y en respuesta será fulminado por una ráfaga mortal de plomo, como una especie de San Sebastian futurista, caerá pesadamente en ese lugar donde el pavimento se une con la tierra, con la cara inundándose de arena, caerá, pero contrario a lo que el cabo creería, este chileno no iba a sacar un arma ni una granada de mano o detonar un explosivo, con su cuerpo en el suelo se develará abierto su certificado de soltero expedido por su embajada en Rumania, la última revelación, lo único que demostraba su calidad de poeta y bloguero, la única prueba de su performance se perderá en el desierto como lágrimas en la lluvia.


Abducido, perdido, muerto, maldito, refutado y desmentido hasta el asco, erigido como héroe y como villano por Martín Cárcamo, renovador del mito del judío errante, marcado como Caín, víctima de la yerra social. Sumergido en los mares dominados por las fuerza de autodefensa de Japón o la marina de Guam o la armada estadounidense, quién sabe, en un intento tan valiente como absurdo por hacer apnea en la fosa de la marianas, sumergiéndose más y más en la oscuridad. Los poetas, los blogueros, los artistas modernos y posmodernos somos Rafael Garay, escapistas y timadores obcecados por la belleza, nos hundimos en la fosa abisal como si cada vez fuésemos más y más pesados, hasta se siente la presión en el cerebro, con la sangre efervescente de nitrógeno, la lección que nos entrega el cyberpunk es que no es necesario matar a Dios ni siquiera parecérsele, porque finalmente no es necesario ser ubicuo, basta con estar en el lugar preciso y en el momento adecuado, tal cual está Rafael Garay.

2 comentarios:

  1. Yo no sé dónde chucha dejé mi certificado de soltero, hueón, qué voy a hacer si me lo pide Gatica o Ricky.

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