Después de un millón de años en el futuro, cuando la humanidad ya no exista, cuando el planeta tierra no sea más que una roca seca expectante de un sol moribundo. Ahí, en ese futuro incierto, en un futuro donde la humanidad no sea más que un mito, una ensoñación que los extraterrestres padres le cuentan a los extraterrestres hijos antes de dormir, un futuro donde los humanos seamos burdos y estereotipados personajes de fábulas infantiles, donde los hombres y las mujeres no tenga mayor existencia que los arimaspos, será en ese futuro que un xenomorfo obsesionado por nosotros, deseoso de encontrarnos, vendrá a esta tierra inerte, pero su búsqueda será infructífera, ya no quedará nada de nosotros, cual Atlántida estaremos vetados de los libros de historia alienígena, obligados a no ser más que la ridícula obcecación inconducente de un lirano o un gris, pero a este gris o pleyadiano le será generoso el destino y encontrará una de la miles de cápsulas del tiempo que nuestra raza blemita precariamente hizo, este joven y entusiasta anunnaki se verá sorprendido a la vez que decepcionado al darse cuenta que el contenido de la caja no sean más que algunas bolsas bellota mal dobladas, un juego de potes tupperware de color vistoso y una colección de monedas de diez pesos con la figura del ángel de la libertad. Qué fraude, dirá este pobre hijo de Xenu, mientras tanto el Pioneer 10 llegará a un planeta habitado por seres iguales a Turrón de Millenium Show y el Pioner 11 destruido al chocar con otra sonda enviada por los gungan. Fatídico destino el del hombre.
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