miércoles, 7 de septiembre de 2016

No hay país para viejos.


Creo que tengo bloqueo creativo, a veces me pasa, como que tengo varias entradas a medio terminar, angustia bloguera.  A veces la literatura pierde el rumbo, a veces uno es como Pierrot y está conduciendo un auto que se dirige a un acantilado. De cualquier forma, hace algunos días me invitaron a la despedida del Hogarlex, el hogar de derecho. Obviamente acepté, fui muchas veces antes y encontré buen gesto de homenaje el emborracharme y jalar cocaína en ese espacio que me albergó tantas veces, hicieron un asado y había harta gente, se notaba un ambiente fraterno, claro que después todo decae naturalmente y la gente con alcohol se vuelve más tosca y errática, a las cinco de la mañana inevitablemente deviene la destrucción completa del ideario moral de la civilización occidental. No sé si quería contar eso, a lo mejor sí, está relacionado de alguna forma, en algún momento mientras me desvanecía en el sopor de los excesos me acordé que era septiembre o setiembre o etiembre. Me acordé cuando tenía que bailar cueca en el colegio y como cíclicamente rehuía de eso, yo creo que tengo una ausencia completa de patriotismo o arraigo patriótico, es como una enfermedad pienso, como que las celebraciones me parecen tan inocuas y vacías, o sea, me gustan las empanadas y tomar alcohol, pero porque me gusta tomar siempre y me gusta comer supongo, pero no me genera ningún entusiasmo real, me cargan las banderitas culias y la cueca después de un rato me parece tan agradable como escuchar el chirrido que hacen los cubiertos contra la loza, así que el ápice de alegría que me pudo haber producido el contexto de festividad nacional se desvanece rápido. Ahora bien, creo que es porque no le tengo ningún cariño a este país de mierda, como que nunca me he ido por demasiado tiempo, pero jamás sentí nostalgia las veces que viajaba, lo digo porque, por ejemplo, tampoco me produce nostalgia Iquique, lugar al que en ningún caso le poseo excesivo cariño, no lo odio ni lo encuentro groseramente feo, pero creo tenerle poco aprecio real, es como indiferencia a mi ubicación geográfica factual lo que siento. A lo que iba es que estaba en el Hogarlex, despidiendo la locación, pero pensándolo bien, por qué chucha estaba ahí, si siendo sincero nunca le he guardado afecto a ese lugar, un amigo se mató en la pieza de al lado y me echaron varias veces, algunas con mucha razón, como cuando le tiré piscola en el ojo a Zapata con una pistola de agua, y otras sin provocación alguna. Tomé mis cosas, me recompuse y partí decidido a enmendar el rumbo de mi vida, atravesé el pasillo y vi la puerta de la habitación de Juan, me detuve y toqué la manilla, abrí la puerta, puse la cabeza primero y luego el cuerpo completo, estuve harto rato ahí, hasta me metí dentro del closet, estuve un buen tiempo en el armario, lo que dura un vaso de cerveza. Habré estado una media hora en ese espacio frío y mohoso, ya ni me acordaba de la distribución de esa pieza, después recordé que me encontraba en plan de fuga. En fin, luego me fui, me despedí de Chicuelo y me fui a mi casa en Ainavillo, las calles estaban heladas, estaban húmedas, en esta ciudad es cosa de mirar un poco para encontrar musgo creciendo de las casas, musgo creciendo en la cara de sus habitantes, me daba la sensación de que Concepción era una versión grande de la habitación de Juan, era chistoso pensarlo, sería un poco como Synecdoche, New York. No recuerdo como andaba vestido, seguramente me veía bien, seguramente andaba de negro, así que encendí un cigarrillo y caminé con los brazos cruzados, de forma cautelosa dirigiéndome al abismo, interpretando en mi mente al personaje masculino de alguna película de Godard mientras me repetía en silencio: la vida es un país extranjero, Enzo; la vida es un país extranjero, Enzo; acuérdate de comprar pan cuando llegues a la esquina de Carrera, Enzo; la vida es un país extranjero.

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