jueves, 28 de marzo de 2019

Pensaba en el tiempo cuando salió la "Amanita", pensaba en qué tipo de persona era en esa época, qué leía, qué hacía por las tardes y las noches cuando llegaba a mi casa. Y la verdad es que no consigo vislumbrarlo con absoluta nitidez. Me acuerdo de algunos hitos, como que al tipo que nos dio el financiamiento para la revista, después de que esta se publicara, lo pillamos con Vladi pegando carteles de Renovación Nacional en la Plaza Perú, así que me acerqué corriendo y le patié el tarro de engrudo o pegamento que estaba ocupando. Resultaría muy complejo describir la pena con que me miró ese tipo rechoncho y ladino, ese tipo que había sido tan amable y generoso con nosotros, lucía como si en tan sólo un par de segundos la vida lo hubiera derrotado absolutamente, cuestión que me resulta graciosa y tristísima al mismo tiempo. También recuerdo que yo edité esa revista casi absolutamente solo, así que decidí unipersonalmente cuales textos quedaban y cuales no. Yo fui el que decidió, por ejemplo, que Cotelo no sería publicado y que en cambio iba el texto de la hermana del Vela. Rara vez me gustó algo de lo que escribía Cotelo: mucha tripa y poca letra. Eso a la larga no resulta, no se sostiene, salvo que seas Nicomedes Guzmán o Nikolai Ostrovski; el tiempo me daría la razón en más de un sentido posible respecto de esa decisión. Posiblemente, lo que recuerde con mayor claridad sea la frase que me dijo alguien sobre el texto de Nico Díaz: nada tan sincero puede ser malo. Esa sentencia me hace mucho menos sentido que antes, porque la conclusión natural con el tiempo siempre será que la literatura es una gran mentira y la memoria una traicionera, se puede pretender ser real, real hasta la muerte como dice un buen poeta, pero jamás verídico, en parte porque la sinceridad es un valor ético y la ficción exige empeñar la verdad, esa verdad con minúscula. Sin una historia no hay poesía, eso decía Ezra Pound, yo traté de explicartelo una vez, aunque no supe expresarme ni articularlo apropiadamente, pero eso ya no importa. ¿Qué importa? Creo que se pueden espetar frases desafortunadas o tener una sintaxis deficiente y aun entonces conservar el estilo, hallar una formula que contenga y proteja lo que uno siente, además que, siendo honesto, ya no me interesa explicarme, perdí de forma absoluta la esperanza en ese ámbito de la vida humana. En ese momento mis pretensiones eran más sencillas, quería mirarte rápidamente a los ojos, ver mi reflejo en esa oscuridad, quería observar tus labios rojos, más rojos que cualquier sangre, para luego respirar hondo y sumergirme en el río. ¿Qué es lo que hay en el lecho del río? Mi hogar, mi lugar contigo, mi confianza en el camino, porque como maravillosamente escribiría Baldwin en La habitación de Giovanni, quizás nuestro hogar no sea un lugar sino simplemente una condición irrevocable.

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