Perdone
Camarada Kostrov
con su característica
magnanimidad,
que yo me permita
malgastar
en la poesía lírica
parte de las estrofas
asignadas a París.
Imagínese:
entra
una beldad al salón,
adornada
de pieles y perlas.
Me acerco
a esa beldad -¿hice bien
o mal?-
y le digo:
Camarada,
usted habla con un ruso
famoso,
y créame que he visto
muchachas más hermosas que usted
más esbeltas.
Las muchachas
se vuelven locas por nosotros, los poetas
Soy inteligente
y tengo una voz poderosa,
te puedo marear,
siempre
que accedas a escucharme.
A mí
no se me da caza
tan fácilmente,
los sentimientos pasajeros
no se me suben a la cabeza.
Yo he sido herido
para siempre
por el amor,
apenas puedo arrastrarme.
Yo no mido
el amor
con el metro del patrimonio;
dejó de quererme
y ¡adiós!
En una palabra, camarada,
yo me siento,
tranquilamente me siento
en el piano
Para qué entrar en mayores detalles,
Déjese de bromas,
preciosura,
que yo no tengo veinte años,
sino treinta…
y tantos.
El amor
no consiste
en
hervir a borbotones,
ni en sentirse
envuelto en llamas,
sino en aquello que ocurre detrás de las montañas
del pecho,
entre los pelos tupidos como una jungla.
Amar
quiere decir
correr
al fondo del patio
y partir leña
haciendo brillar el hacha,
jugando
con
nuestra propia fuerza
hasta que llega la noche, negra como los grajos.
Amar
es
abandonar bruscamente
las sábanas
desgarradas por el insomnio
sintiendo celos de Copérnico,
y considerarlo a él,
a Copérnico
nuestro rival,
y no al marido de María Ivanova.
Para nosotros,
el amor
no es el paraíso del dinero.
Para nosotros
el amor
anuncia
que de nuevo está en marcha
el motor congelado
del corazón.
Usted
ha roto el hilo
que comunica con Moscú.
Los años
constituyen distancia.
¿Cómo
explicarle
a usted
esta situación?
En la tierra,
luces hasta el cielo…
En el cielo azul, estrellas
a diestra y siniestra.
Si yo no fuera poeta,
Me gustaría
ser
astrólogo.
Alboroto en la plaza,
ruedan los coches,
yo camino
anotando versos
en mi libreta.
Corren
los automóviles
por la calle,
y no me atropellan.
Comprenden,
¡inteligentes!,
que el hombre
se halla en estado de éxtasis.
Enjambre de visiones
y de ideas
lo llenan hasta
los tuétanos
Aquí
hasta a los osos
les podrían salir alas.
Y he aquí
que en un restorán barato
cuando
esto termina de hervir,
como cometa de oro
sube la palabra,
en espirales,
de la garganta
a las estrellas.
La cola
que cubre
una tercera parte del cielo,
brilla,
y su plumaje arde,
para que los enamorados
miren las estrellas
desde su
glorieta de lilas.
Para despertar
y conducir
y atraer
a los que empieza a fallarles la vista.
Para
decapitar
a los enemigos
con su sable luminoso
de larga cola.
Escucho
hasta el último latido
de mi propio pecho,
como si estuviera esperando
en una cita:
el amor
seguirá llamando,
simple
y humanamente.
El huracán,
el fuego,
al agua
se acercan rugiendo.
¿Quién
podrá
dominarles?
¿Usted?
Por qué no hace la prueba…
Vladimir Maiakovski
No hay comentarios:
Publicar un comentario