miércoles, 15 de noviembre de 2017

The truth is out there.

Quiero ser súper escueto porque en general soy poco receptivo con la contingencia, por no decir que estoy casi totalmente desafectado de ella, no es que no me importe o crea que no es importante en alguna medida, sólo que con los años me siento menos y menos comprometido con esa realidad contingente, con la calle, los ciudadanos y los edificios, con el pasar del tiempo me he terminado transformando en una especie de Holderlin, un hombre encerrado en una torre, aceptando la interacción social bajo circunstancias en extremo cómodas para sí mismo, soy como el Iman oculto de los musulmanes chiitas . Como sea, salgo de mi estado de ocultación porque hace poco vi el debate presidencial, uno de los tantos, el último que se hizo si no me equivoco y en verdad no tengo ningún juicio significativo acerca de eso salvo lo mortificante de la imagen de Piñera. Miren, si levanto el culo de mi lecho de autocomplacencia e infinita indolencia y republicanamente voy al Liceo Industrial de Concepción a votar, muy probablemente lo haga por Artés, si me pillo entusiasmado voy a ir hasta con overol a apoyar al martillo de las naciones que romperá las cadenas de la burguesía y sembrará primaveras para el pueblo, pero eso no es de lo que quería hablar. Días luego de ver el debate -una parte del mismo realmente, porque igual me da vergüenza ajena llegado un punto y lo cambio-, fui a tomar cerveza con Pancho y un par de sus amigos, no es que crea que son unos zopencos, no completamente, me imagino que habrán matices, pero conversando ambos me dijeron eso de que admiraban la inteligencia de Piñera, lo decía con más convicción uno y con más amargor otro, cuestión que me indigestó. Era eso de lo que quería hablar, se ha vuelto como un mantra, una clase de justificativo autoimpuesto por la colectividad, el beneplácito o indulgencia civil que nos damos nosotros mismo ante el casi indefectible hecho de que un tipo con surcos en la cara, usando un traje evidentemente de talle superior al que corresponde a su tamaño, con claros problemas para expresarse y una desafortunada lista de risibles equívocos sobre cultura general vaya ser presidente de Chile por segunda vez –si repasan la descripción que hice calzaría perfectamente con la del Tony Pulguita, Pastelito o el Tachuela Chico-. En fin, me enferma esa situación, hay una especie de cinismo horrible en decirlo, incluso en pronunciarlo sin creerlo en absoluto, un cinismo que desborda mi propio cinismo, cuestión que me parece intolerable.

Un tiempo atrás leí un tuit de la Pina que era apropósito de un tipo anónimo que le posteaba mierda, imagino que comentarios mal intencionados o de mal gusto en su blog y/o que psicopateaba su perfil, pero la Pina puso que de todas formas no le interesaba que el sujeto viera sus redes sociales porque no representan un ápice lo que uno es en realidad. Me quedó dando vueltas, creo que estoy en desacuerdo con eso, a lo que voy es que lo que tuitió mi colega es una afirmación peligrosa, a mi juicio comparte quid con la frase que comenté, sobre que Piñera es inteligente en el fondo, no sé si se logra entender. Hay quienes razonan así: Piñera se viste como un bufón, actúa como un bufón, incluso habla como un completo imbécil, pero en el fondo es inteligente, esa es sólo una faz tras el genio bursátil, tras la mente maestra. Creo que la gente se tomó muy a pecho eso de no juzgar un libro por su cubierta, no creo ser un sujeto prejuicioso -aunque he botado libros por lo fea de las ediciones-, pero en la máscara siempre hay algo del individuo, una parte importante de uno yace en la máscara, no quiero dar un curso de etimología, pero la palabra persona deriva de una progresión conceptual del sustantivo griego prosopon que casi literalmente significa máscara. Con esta perorata sólo busco hilvanar la idea de que esa frasecita de mierda de que bajo lo abyecto mora un brillo, una agudeza, una historia digna de escuchar, es absolutamente falsa, puede que el candidato en cuestión no sea retardado, que no tenga un diagnóstico de alguna deficiencia mental, pero actúa prácticamente igual a un bodoque, un merluzo, eso lo transforma en un imbécil para todo efecto práctico, no hay vuelta que darle, dudo que después de citar mal a Lenin se siente en su mullido sofá, tome una pipa y mientras lee un ensayo de Bachelard se ría de la ingenuidad de la muchedumbre que traga su actuación, ese es un cuadro intencionadamente infantil. La sabiduría de los X-Files no tiene límites, la verdad está allí afuera, así que me parece importante figurar la profundidad que habita en los antifaces –el del anonimato, el de la performance, incluso los que nos otorgan las redes sociales-, porque las máscaras poseen consistencia, nos podemos transformar en caricaturas pero toda caricatura se construye a partir de molduras enquistadas en el individuo. Así mismo, las máscaras no son intercambiables, no hay variedad, sólo hay una, ya que se forjan por medio de nuestra historicidad, extraen las arrugas de nuestro rostro, claro que la gente puede volverse loca, impredecible y tornar inverosímil su comportamiento alguna vez -azar, causa u oscilación-, pero las máscaras representan proyección no excepción. Por ello, el troll anónimo escribiendo, de regreso de la universidad o su trabajo, barbaridades racistas o comentarios de mierda en el blog o facebook de la Pina, en el fondo cree fehacientemente en sus palabras, porque lo hace utilizando un maquillaje idéntico a su piel, la tez de su alma, no es Nietzsche colérico tirándole piedras al techo de su vecino, no es rabia ni enajenación el motivo de la violencia, es su ser mismo vertiéndose en la orilla, derramándose como petroleo bajo el alero de la oscuridad o la exculpación del teatro, no es más que la confirmación de algo que es incapaz de aceptar y de lo que, en consecuencia, siente culpa o le avergüenza de manera neurótica. Ya saben, como dijo Sartre: una imagen es un acto no una cosa. Eso hay que metérselo bien en la cabeza.

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