te amo como se aman ciertas cosas oscuras,
secretamente, entre la sombra y el alma.
P.N.
Estoy mirando el techo fijamente, en dirección al techo más bien. Está todo oscuro, absolutamente oscuro, tener abierto o cerrados los ojos es una cuestión de fe, no puedo distinguir nada, ni mi mano aunque lo pusiera frente a mis narices. Pienso que no me molesta estar así, es como estar muerto de algún modo, de niño pensaba que morir debía ser algo similar a esto, porque estar así es casi como perder tu cuerpo a fin de cuentas. Me gusta estar de esta manera, en medio de la oscuridad sin poder ver nada, la oscuridad gusta, la misma profunda oscuridad de los ojos de la mujer que más amé en la vida, la misma oscuridad del espacio exterior, claro, eso soy, un viajero espacial, estoy atravesando hoyos negros, surcando nebulosas, cabalgando en dirección al infinito, catapultándome a la nada. Creo que en mi mente hasta suena de fondo ese tema del final de Evangelion cuando todos se revientan. Me parece maravilloso, todo es tan hermoso y perfecto, hasta puedo imaginar como la gente se va diluyendo, como se unen lentamente en el mar negro en que floto, pero sin sentirme acompañado en ningún momento. Vivo el apocalipsis desde la pieza de invitados de la casa de mis abuelos o lo vivía, porque de un instante a otro algo rompió el sello. Puedo captar un sonido –es como cuando en los programas de televisión le hacen resucitación al tipo que acaba de morir-. Hay un ruido molesto, me perturba, además desarma el cuadro que con tanto esfuerzo había creado.
(Cuando era niño, no podría indicar una fecha exacta, pero en algún momento de mi infancia empecé dormir con la tele encendida, eso se extendió hasta casi los diecisiete o dieciocho años, de hecho se extendió hasta que me vine a Concepción y ya no tuve un televisor que dejar encendido. Una parte importante de mi vida dormí con una suave cortina de sonido y rayos catódicos de fondo, está Videodrome eso ahora que lo pienso. Muy posiblemente fue eso, sumado a que en vigilia igualmente invertía una considerable parte de mi día viendo televisión, lo que debió provocar algún nivel de retardo o quizá encendió alguna vela de genialidad en mí, la línea es difusa todos ya lo sabemos. Horas derramadas viendo animé, mirando impávido películas, observando animado programas de concursos, semanas enteras esparcidas entre canales, boquiabierto, emocionado esperando el capítulo nuevo de la serie que fuese que viese. De alguna manera la televisión fue la hermana que nunca tuve y la amé, amé y abracé a esa mujer. Paseaba por los canales y sus shows cual explorador, como un vaquero o un samurái, como un boxeador de Filadelfia o un gladiador cristiano, a veces era un detective sin rostro, otras batman o el guasón, fui un condenado y un elegido y ambas a la vez. Ahora bien, la televisión fue mi primer amor, de hecho dormía conmigo, era mi pareja, es la mujer que más tiempo me ha soportado si uno se pone a pensarlo, pero cuando decidí radicarme en este sumidero para estudiar en la universidad todo acabó, quizá cambié un amor por otro, quién sabe, lo que trataba de exponer es que no tenía tan claro en términos cronológicos cuándo inicie el hábito de dormir con el televisor prendido, pero si recuerdo la razón, aún sigue grabado claro en mi cabeza, porque fue un día que vi un programa de secuestros extraterrestres. Desde niño me han gustado esas cosas, no podría explicarlo, pero me deliran sin par todo ese tipo de fenómenos fortianos, así que ese día me acosté en la cama de mis padres y de forma cómoda y voluntaria me generé un trauma de por vida. Se trataba del ya clásico caso de abducción de la familia McPherson en Lake County –lugar que en verdad no tengo ni siquiera la certeza de que exista-. Como sea, después de eso me fui a acostar, pero no me pude sacar de la cabeza a esos sujetos, a esos grises pequeños dirigiendo en fila india una familia completa, acarreándolos a las mismas puertas del infierno, a un lugar desconocido del todo, como a Zeta Reticuli por ejemplo. Esa misma noche dejé encendida la televisión, prendida para siempre, mis padres además siempre han sido muy comprensivos, así que asumieron el costo y el planeta tierra también asumió el costo de mis miedos, si finalmente era mi planeta el incapaz de brindarme la protección necesaria. Fue avanzando el tiempo y nunca más esa bella mujer dejó de estar conmigo en las noches, tampoco el miedo a los extraterrestres, quizá se fue atenuando cuando empecé a leer comic de Linterna Verde, pero nunca se ha ido del todo, aun me atormenta la posibilidad incierta de que de forma subrepticia, cuales lechuzas color ceniza, se apersonen y me lleven, me torturen y no me dejen volver, todavía me coloca la piel hirsuta una eventual detención en los campos de concentración de las Pléyades, no quiero ser una cifra perdida, un hombre sin tumba más, desperdigado en el olvido del espacio, no quería ser otra Samantha Mulder. Bueno, una mañana me puse a pensar que hasta el día de hoy mi miedo más profundo sigue siendo el mismo, uno no se libra de eso así como así, pero en verdad, si uno lo piensa, es absurdo tenerle miedo a esa clase de cosas –cosas que no sean personas me refiero, como psicópatas y violadores-. Por ejemplo tenerle miedo a los fantasma siempre me ha parecido un poco ridículo, más allá de que existan o no, ese no es el punto. Pienso que, en lo particular, le tengo miedo a los extraterrestres –aunque me fascinan al mismo tiempo- porque ese temor encubre un miedo a los hombres, a la sociedad o no sé, eso creo o eso quiero creer. En definitiva, lo que hace aterrador una invasión extraterrestres o un secuestro alien es el hecho de que uno se encuentre tan vulnerable ante otro, porque uno supone que ese otro se comportaría como lo harían los humanos, como lo han hecho los hombres siempre, uno no se imagina que en una abducción los grises te van a servir tu plato de comida favorito y te van a dejar ver Seinfeld arriba de la nave, uno figura que le van a meter zondas por el culo y agujas por debajo de las uñas, lo que a fin de cuentas hace que el extraterrestre o reptiliano o anunnakis tenga un comportamiento extraña y profundamente similar al humano. En fin, sean los extraterrestres una alegoría, o no, de nuestra propia situación como seres humanos, pienso que todos los miedos subyacen en los sueños –estrellita ahí para Wes Craven-, por eso la gente sueña con cuestiones más bien cotidianas que después se desvanecen totalmente en el atascadero de la memoria, yo a veces sueño con perros callejeros o vagabundos estólidos, gente común haciendo cosas comunes o sólo ruido blanco, siempre termina siendo excepcional soñar con Godzilla y despertar sudando frío).
Fue de a poco que distinguí el
sonido que interrumpía mi oscuridad primigenia, era un zumbido, un aleteo errático
pero reconocible. En el universo eleático en me encontraba resultaba imposible
poder cazar un insecto siquiera. Me levanté de la cama e intenté convocar todos
los poderes del mundo de los ciegos, fue así, decidido, cual Matt Murdock que emprendí
cacería contra la polilla enemiga. Siendo honesto, dudo que estuviese cerca de
matarla y eso que lo intenté un buen rato, dando aletazos aleatorios en la
penumbra, no quise apretar el interruptor y desistí de mi empresa, el fin del
mundo podía postergarse para otro día, no existe ninguna regla escatológica que
diga lo contrario, así que encendí el televisor, estaban pasando Encuentro
Cercano en el TCM, quién lo pensaría.
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