jueves, 13 de diciembre de 2018

La verdad es que no lloro mucho, no lloro casi nunca, en buena parte porque me comprimo lo suficiente como para no tener que verme en esa situación de vulnerabilidad; por otro lado, porque, al igual que Shinji, a veces uno cae en cuenta de que lo más probablemente es que se nos acabaron las lágrimas por tanto vivir en un mundo desmoralizante y horrible sin ninguna posibilidad de escapatoria salvo la enajenación por medio de las drogas. En contradicción con eso, noto que el paso del tiempo me ha vuelvo más sentimental, más receptivo a la emotividad, y no es que me asuste el hecho de tornarme así con la edad, lo que me da miedo es no saber a ciencia cierta de dónde proviene. El paso de los años nunca me ha parecido algo terrible, no me refiero al paso del tiempo que todo vuelve añicos y hace polvo, sino al paso del tiempo en mí, en uno.

Lo que he concluido sobre eso es que le tengo un temor terrible a olvidar, a la entropía creciente, a que las cosas con el tiempo pierdan su significado, que el mensaje de tanto pronunciarlo se termine por perder completamente, eso me da miedo pero no me hace llorar, aunque me dan ganas de llorar y sollozo bastante cuando eso se vuelve más tangible, cuando hago catarsis viendo de nuevo Cold War o repitiendo el final seis veces para que no se me salte nada.

Hay cosas que me entristecen cuando termino de entenderlas. Me pasa bastante con las películas, por ejemplo con Cold War, que de tanto verla se me vidrio el espíritu, me pasa cuando pongo shallow o ill never love again en youtube, me pasa con los créditos de The Rider, me pasa sobre todo cuando pienso en los encuadres de Cassavates, cuando recuerdo finalmente que las lágrimas son la última forma de comunicación.

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